Funes el memorioso y el país que no puede olvidar

Estado de México /

En el cuento Funes el memorioso, incluido en Ficciones (1944), Jorge Luis Borges presenta a Ireneo Funes, un joven uruguayo que, después de un accidente, adquiere una memoria absoluta. Puede recordar cada detalle de su vida: cada nube vista en el cielo, cada hoja caída en el campo, cada instante vivido con una precisión imposible para cualquier otro ser humano. Sin embargo, ese don se convierte en una condena. Al recordar todo, Funes es incapaz de abstraer, de olvidar lo innecesario y, por tanto, de pensar verdaderamente. Su memoria perfecta lo paraliza.

México parece vivir una paradoja similar. El país, como muchos otros países, carga con una memoria histórica vasta y dolorosa: conquistas, revoluciones, crisis económicas, fraudes electorales, violencia política y la persistente sombra del crimen organizado. La 4T ha entendido muy bien el valor político que han dejado estas heridas y ha revivido agravios pasados, cada discurso político evoca viejos culpables, cada proyecto nacional parece construirse más sobre el recuerdo de lo que falló que sobre la imaginación de lo que podría ser.

Como Funes, México recuerda demasiado. La memoria, sin embargo, es un arma de doble filo. Recordar es necesario para la justicia, para comprender el presente y evitar repetir errores, bien dice George Santayana: “El que no conoce su historia, está condenado a repetirla”. Pero cuando la memoria se vuelve obsesión política, puede transformarse en inmovilidad.

El país queda atrapado en una narrativa interminable de agravios históricos: el pasado colonial, las traiciones del siglo XIX, la Revolución inconclusa, los abusos del viejo régimen, las promesas incumplidas de la democracia. Cada generación hereda ese archivo interminable de culpas.

Funes no podía pensar porque cada cosa era única para él; no podía generalizar ni construir conceptos. México corre un riesgo semejante cuando cada episodio del pasado se convierte en una batalla ideológica permanente. La política se vuelve una disputa por la interpretación de la memoria más que por la construcción del futuro. Los gobiernos gobiernan mirando hacia atrás; la oposición saca provecho al evocar agravios anteriores; y la sociedad, saturada de historia, observa cómo el presente se diluye en una discusión eterna sobre el pasado. Borges insinuaba que el pensamiento requiere olvidar. El olvido no como negación de la historia, sino como la capacidad de seleccionar lo esencial para avanzar. Un país, como un individuo, necesita memoria, pero también síntesis. Necesita recordar para aprender, pero olvidar lo suficiente para imaginar.

México, como Funes, posee una memoria prodigiosa. La pregunta es si esa memoria será una fuente de sabiduría o una condena que lo inmovilice. Porque a veces, para poder pensar el futuro, también es necesario aprender a olvidar.


  • Arturo Argente
  • Tec de Monterrey, Campus Toluca.
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