La invención de Morel

Estado de México /

En La invención de Morel, Adolfo Bioy Casares construye una inquietante metáfora sobre la ilusión. Los habitantes de la isla parecen vivos, pero en realidad son apenas reproducciones de una máquina que eterniza una apariencia mientras oculta la ausencia de vida verdadera. Todo luce perfecto, inmóvil y eterno, aunque detrás de esa imagen sólo exista una ficción cuidadosamente preservada. Algo semejante puede observarse en la narrativa de la llamada Cuarta Transformación.

Desde una perspectiva crítica, las conferencias mañaneras de la presidenta Claudia Sheinbaum pueden entenderse mediante esa misma metáfora. Cada mañana, desde Palacio Nacional, se presenta una narrativa ordenada del país: avances, logros, estadísticas y promesas que buscan transmitir la idea de una transformación en marcha. Las conferencias continúan siendo uno de los principales instrumentos de propaganda política del gobierno federal.

En esta analogía, las mañaneras serían la máquina de Morel. No porque inventen los hechos, sino porque seleccionan cuidadosamente las imágenes que el poder desea proyectar. La realidad compleja de la inseguridad, el crecimiento económico desigual o las tensiones políticas queda subordinada a una narrativa donde el proyecto gubernamental aparece siempre en movimiento y con rumbo definido. Incluso en momentos de cuestionamientos internos o externos, el discurso oficial suele insistir en la idea del éxito y la continuidad de la transformación.

Como el fugitivo de la novela, muchos ciudadanos observan esa representación y se preguntan dónde termina la realidad y dónde comienza la escenografía política. La repetición cotidiana del mensaje puede producir la sensación de una verdad indiscutible, del mismo modo que los personajes de la isla parecen reales aunque sólo sean ecos de una grabación perpetua.

La lección de Bioy Casares es que ninguna imagen, por perfecta que sea, puede sustituir indefinidamente a la realidad. Cuando la distancia entre ambas se vuelve demasiado grande, la ilusión comienza a resquebrajarse. Y entonces la sociedad descubre que detrás de las voces que se repiten cada mañana no estaba necesariamente la transformación prometida, sino la persistencia de problemas que nunca abandonaron la isla.

Al final de la novela, el protagonista decide incorporarse a la ilusión para permanecer junto a aquello que ama. La pregunta que deja Bioy Casares sigue vigente: ¿qué sucede cuando una sociedad prefiere habitar una imagen confortable antes que enfrentar la complejidad de la realidad? Tal vez el mayor riesgo no sea el fracaso de un proyecto político, sino la aceptación colectiva de un espejismo que impide reconocerlo.


  • Arturo Argente
  • Tec de Monterrey, Campus Toluca.
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