Estamos atestiguando, quizá sin plena conciencia, el agotamiento de una era. El neoliberalismo, entendido como un sistema que nace en la década de los 30´s del siglo pasado y que absolutizó el mercado, la eficiencia económica y la competencia individual como principios rectores de la vida social.
Actualmente muestra sus grietas más profundas: desigualdad extrema, precarización del trabajo, crisis ambientales y una creciente desconfianza en las instituciones. Este momento de transición puede leerse con particular claridad a través de Un mundo feliz, de Aldous Huxley, una obra que fue escrita en 1932 y que anticipó con lucidez los riesgos de una civilización que sacrifica lo humano en el altar de la estabilidad y el consumo.
En la novela, el orden social se sostiene sobre una promesa central: felicidad a cambio de obediencia. Los individuos son condicionados desde su nacimiento para aceptar su lugar en la jerarquía, consumir sin cuestionar y evitar cualquier forma de conflicto o sufrimiento. De manera similar, el neoliberalismo ofreció durante décadas una narrativa de bienestar basada en el crecimiento económico, el acceso al consumo y la idea de que el éxito o el fracaso son responsabilidad exclusiva del individuo. El Estado se replegó, la solidaridad social se debilitó y la desigualdad se normalizó como un daño colateral inevitable del progreso. En el mundo neoliberal, el consumo constante, el entretenimiento incesante y la promesa de felicidad individual operaron para ocultar las fracturas sociales en la población.
Sin embargo, así como en la novela de Huxley, el sistema comienza a resquebrajarse cuando emerge el deseo de sentido, de verdad y de dignidad. En nuestro tiempo el neoliberalismo enfrenta su ocaso ante la evidencia de sus límites. Así lo está manifestando la administración de Donald Trump al marcar un cambio radical en su política económica, al desafiar el consenso neoliberal, imponiendo políticas proteccionistas, altos aranceles y un retorno al nacionalismo económico que busca desmantelar la globalización.
Este modelo económico prioriza la producción nacional sobre el libre mercado, generando inestabilidad en los mercados internacionales. Se busca la desvinculación de la dependencia económica de China y la reducción de la influencia de organismos internacionales.
El fin del neoliberalismo no garantiza, por sí mismo, un futuro más humano. Un mundo feliz nos recuerda que todo sistema que promete estabilidad absoluta corre el riesgo de anular la libertad. Entre el mercado absoluto y la felicidad artificial, se encuentra el desafío para recuperar lo más frágil y valioso: la capacidad de pensar, disentir y elegir un destino común.