La decepción fue más grande que la larga espera, tuvieron veinte años para hacerla bien y decidieron hundirla con buenas intenciones y decisiones infra inteligentes. La segunda parte de la película “El diablo viste de Prada” es una pretenciosa historia vacía de contenido. La película carece de orientación y de objetivo. La escenografía, la ambientación en el mundo de la moda es más importante que la historia misma. La anécdota es simple: la revista Runway impresa está en crisis por la avalancha de internet, y aunque tiene versión digital ésta no va bien.
La anécdota pudo ser interesante, pero se vuelve irrelevante por el pésimo desarrollo de la trama, lo principal es que Runway es una revista, el tema no es la moda, es el mundo editorial. A una publicación la hunde el contenido y la salva el contenido. La crisis de internet afectó principalmente a las publicaciones de contenido mediocre. Runway es el avatar de Vogue que es una revista gráfica, vende la “imagen” de la moda, lo que significa a nivel estético y cultural. Su principal contenido son las fotografías y la publicidad que pasa un proceso curatorial para que la revista tenga un nivel que la convierta en un objeto del deseo.
Jacques Lacan afirmó que el deseo estaba en el otro, deseamos al otro y deseamos lo que el otro tiene. El deseo parte de nosotros hacia el otro.
El peso de la primera versión lo llevaba el personaje de Miranda Priestly que desataba la acción. En la nueva versión está disminuida, ridiculizada, vestida con unos trajes sastre horribles, arrugados, sin la agudeza cínica de sus diálogos. Es imposible que una mujer así sea autoridad de la moda y del mundo editorial. El cambio resultó en un grupo de personajes despojados de impacto. Todo el casting está mal vestido, el personaje de Andy Sachs está mal vestida cuando es una fachosa y mal vestida cuando se supone que es elegante. Neil, interpretado por Stanley Tucci, siempre está overdressed. Incluso hay personajes que si desaparecen, la trama no se vería afectada. Eso significa que sobran.
Las escenas en Milán, el centro de la moda en Italia, son largas y no sucede nada. La canción de Lady Gaga, la versión gringa de Gloria Trevi, no tiene sentido, es cutre y exagerada. La revista va en picada y la misión es salvarla porque el dueño la quiere vender y sacar a Miranda, esto se soluciona con secuencias larguísimas de llamadas telefónicas. Es más fácil que la revista cambie de dueños a que los guionistas lo puedan resolver la rama de una forma creativa.
Es una película aburrida, que traiciona a sus personajes no para adaptarlos a estos tiempos de corrección política, sino para adaptarlos al mediocre guión. El final es anticlimático y deja la sensación de que si Runway es este equipo de trabajo, merece estar en quiebra y desaparecer. Olvidemos esta segunda parte y nos quedaremos con la primera. Le podemos dedicar al equipo de esta película la cita de Miranda: “Details of your incompetence do not interest me”.