Objetos del amor

Jalisco /

¿En dónde se deposita la memoria? El cerebro guarda miles de recuerdos, algunos no se pueden rescatar conscientemente, y es necesaria la ayuda de un terapeuta o de un estímulo inesperado, regresan en sueños y luego vuelven a evaporarse. La memoria parece que es insuficiente para sí misma y decidimos guardar objetos que nos regresen a momentos añorados. Esos objetos simbolizan emociones, contienen la esencia de personas amadas, son testimonios de que, a pesar de la linealidad del tiempo, es posible atraer lo que se ha ido.

Fetichismo, animismo, superstición, los seres humanos construimos altares al pasado. En cajas de recuerdos, fotografías viejas, el objeto adquiere un valor metafísico, incalculable, inmerecido, y parece indispensable para que la historia de cada ser esté completa. El objeto evoluciona a inservible, deja su condición de útil, se convierte en un soporte emocional, y perderlo implicaría la extinción de un recuerdo de manera irrevocable, definitiva. Eso salva de caer en el abismo del olvido, le roba al tiempo parte de su poder aniquilador, de su capacidad para arrastrarlo todo consigo, dejando la implacable presencia del silencio.

El fetichismo se torna patológico y es más lo acumulado que la vida misma, y no alcanza la mirada ni el tiempo para recordar el sentido de ese amuleto de las emociones. Los cajones se desbordan, las “vitrinas” son cursis gabinetes de las curiosidades y del polvo, que denuncia la pasividad indolente y asesina de la renovación. Cargar costales del pasado, de cosas que cubren la luz del día de hoy. En el exceso todo pierde sentido, la obsesión convoca a la dejadez. Nada se elimina porque el miedo es más poderoso que la realidad del presente.

El fetiche es su propia pesadilla, se traga al espacio y no deja aire para el futuro. Los teléfonos saturados de mensajes grabados, de fotografías, son arcones de actos esclavizados a persistir. Dependientes de ese pasado tangible o virtual, la acumulación es un signo de identidad. El pasado es una cicatriz, son las pisadas en la arena que el mar ya no puede arrastrar. Es el miedo. Hay más miedo de perder lo que ya se ha perdido, que de esperar lo que está por venir. La memoria también se satura, y guarda recuerdos que atosigan en cualquier momento, saltan, invaden la paz y la llenan de ruido. Limpiar la memoria, limpiar el cráneo, borrar la carga virtual, exige la resolución de habitar el instante que no desea mirar detrás.

La moneda cae de canto y enloquece a la física cuántica, coloca al presente, el pasado y el futuro en el plano caótico de las emociones. El fetichismo, los talismanes de los recuerdos, se convierten en la piedra de Sísifo, subir cuesta arriba, empujando la inmensa aglomeración de memorias, y caer para volver a comenzar, con más peso. El altar se desploma, las flores secas se pulverizan y en un prodigio, un viento feroz, vengador y formidable arrasa con todo y deja limpio el aire, el espacio para volver a respirar la libertad de la incertidumbre.


  • Avelina Lésper
  • Es crítica de arte. Su canal de YouTube es Avelina Lésper
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