Rondin efímero

Jalisco /

Pensar. Imaginar, planear, suceden simultáneamente, las ideas se atropellan y hay que domarlas, obligarlas a tomar un orden, una forma. Surgen guiadas por su propia voluntad hasta que son algo y eso debe tomar forma. Las esculturas en yeso y cera de Rodin son la ventana para leer su pensamiento. Tienen la belleza de lo inconcluso, del planteamiento que es un inicio y que en ese instante cabe todo su significado.

Son los pasos preparatorios para hacer sus obras en bronce, pero son diferentes, autónomas, independientes. Mantienen el misterio de una frase que propone y no pide respuesta, que se va en la musicalidad de su sonido. Rodin creaba estas obras como bocetos, jugaba con el material buscando la obra que se llevaría al mármol o el bronce, las hacía con espontaneidad casi violenta, al ritmo que iba pensando. Las cortaba en pedazos y ensamblaba las partes para hacer otra escultura, sin importar la desproporción, lo que deseaba era “ver” si funcionaba, si podían decir algo.

En esos ensamblajes, en los cortes hechos con espátula, con desapego a la pieza y a sí mismo, las obras poseen el dinamismo de la acción de las manos, de las herramientas. Estas piezas las vendía a precios más bajos que las piezas de mármol y bronce. Narra Ambroise Vollard, el gran coleccionista de la época, que Rodin abría el estudio y las mostraba a los invitados, entonces de forma imprevista, sacaba un martillo y su ayudante gritaba histriónico “¡No maestro se lo ruego, no lo haga!” Rodin gritaba “¡Esto no es perfecto, no me gusta!” Los invitados se escandalizaban y también gritaban que se detuviera. C

Las esculturas en yeso y cera de Rodin revelan el movimiento de su pensamiento creativo.

on el oficio de un maestro, Rodin las rompía y de una pieza rescataba un pie, de otra una cabeza, una mano y las colocaba en pedestales “Esto si es digno de mi nombre”, decía, y pateaba los trozos en el piso. Los invitados tomaban las piezas salvadas de la masacre y las compraban convencidos de que eran obras maestras, y lo son.

La belleza está en la libertad de su realización, el gozo del juego. Las hacía para sí mismo, sin la búsqueda de la perpetuidad del bronce, deberían manifestar la fugacidad del pensamiento. El juego continuaba al hacer ensambles, sin respeto por la anatómica proporción, un pie enorme podía estar pegado a un hombre sentado, y conseguía que la escultura no fuera estática, adquiriera dinamismo, vida. Las telas las hacía de yeso y las colocaba sobre estos cuerpos desproporcionados y enfatizaba la agilidad.

La lección de Rodin con estas esculturas inacabadas es que, al terminar la idea, la pieza en bronce detenía su camino. Las esculturas en yeso, en la libertad de sus formas Rodin no busca una obra, se busca a sí mismo. Sabe que son efímeras como el pensamiento, y que se deben mover, seguir creando, el resultado es el Rodin más puro, más sincero, con la pasión de la forma que puede palpitar porque evade el gobierno de su peso, logra irse, expandirse, estar viva.


  • Avelina Lésper
  • Es crítica de arte. Su canal de YouTube es Avelina Lésper
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