Silencio

Jalisco /

Extraño el silencio. Ese espacio de vacío, limpio de ruido, ya no existe en la ciudad. Lo han expulsado con el progreso y todo lo que significa: el tráfico de las calles, las construcciones, hay incalculables fuentes de ruido. La más persistente es la que se queda en nuestra memoria, en la mente se acumulan miles de frases que repetimos como nuestro ruido interno, conversaciones que sucedieron hace años, frases que nunca dijimos y que cada día regresan con el recordatorio de que fueron reprimidas o pensadas a destiempo.

Al lado de mi estudio están construyendo una torre de departamentos, decenas de cajones para meter vidas humanas. El ruido es un monólogo continuo de martillazos, maquinaria, accionado por la fuerza del progreso. La luz cambió, la torre va cubriendo el cielo, el sol no puede entrar por las ventanas, sólo deja espacio al ruido. El desarrollo económico no es silencioso, al contrario, en su estrépito está su dimensión, entre más ensordecedor es más potente, más expansivo, en eso radica su poder.

En el pasado la paz era silenciosa y la guerra tenía su voz en las explosiones y los gritos de los ejércitos. Eso ha cambiado, la paz tiene su propia partitura de inconexos argumentos que carecen de dirección o finalidad. La guerra inicia buscando su final: la paz, que es el mullido colchón del progreso, apuesta a su perpetuidad como signo de poseer una verdad absoluta e incontrovertible.

Pensar, amar, meditar, escuchar música, estar en el presente, exige silencio. Al mirar un paisaje de Constable pienso que hubo silencio. Los retratos de Sir Joshua Reynolds son silenciosos, se escucha la respiración de sus modelos, cómo la madre cepilla el cabello de su hija, la seda que cruje con el movimiento de una pierna. Las pinturas de Manet están habitadas de conversaciones, El desayuno en la Hierva o Olimpia fluye la plática que hace del paso del tiempo una suave entrega, sensual, ligera, con el aire acariciando los pies desnudos y el ramo de flores.

Los Disparates de Goya tienen susurros, voces guturales, risas y quejidos, guiados con el crudo pasar de la punta metálica en la placa, en el ritmo mudo de la campana de la “pregonera de la muerte” de Las Hurdes, tierra sin pan, el documental que filma Buñuel en ese miserable poblado en la que “nunca se ha escuchado una canción”.

Agnus Dei de Zurbarán, es el silencio inocente, nunca tocado, jamás perturbado. La respiración dócil de la paz del cordero, de su resignada entrega, en ese espacio la santidad no deja entrar ninguna voz, no pide piedad, sólo espera, sabe que el destino es ese instante, sin contradicción, confía. La voluntad, la valentía de conocer y permanecer. El poder está ahí en la fuerza inconmensurable de quien está dispuesto. Ese silencio será eterno, poque no hay espacio capaz de contener la determinación de ser.

El silencio ha huido, sabe que ahogados por el ruido dejaremos de reconocer ese vacío, hasta pensar que fue un sueño evaporado por las voces necias que temen su presencia.


  • Avelina Lésper
  • Es crítica de arte. Su canal de YouTube es Avelina Lésper
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