Superventas

Jalisco /

Og Mandino hace décadas llevó la motivación y la autoayuda al campo de las ventas, ser un gran vendedor, de lo que sea, desde una aspiradora a un coche eléctrico operado por un algoritmo, pasaba por ser un imán que atrajera a la gente, seductor y carismático. Eso se convirtió en el gran camino para ser rico y estar rodeado de amantes y amistades. Desde ahí se han impreso decenas de miles de libros que buscan los mismo: venderse a sí mismo es la clave para vender un cohete que surcará el espacio, ya si esa cosa nunca despega es otro asunto.

El argumento ha evolucionado, el magnetismo no es la única condición, ahora hay que ser activista. El activismo es el gran argumento de ventas. Si el personaje en cuestión milita en una causa que empatice con las redes el negocio está asegurado. Es irrelevante la calidad del producto, y como el personaje es el producto, entonces no importa si no sabe ni amarrarse los zapatos. Su discurso es empático, eso basta para colocarse al nivel de un diamante de DeBeers. El ejemplo es Bad Bunny, se sube a la ola de apoyar a las acciones proinmigrantes y las ventas de sus canciones suben, lo invitan al Super Bowl y casi lo canonizan. Su ínfima calidad musical es más evidente que su titánico exhibicionismo por vestirse haciendo alarde del mal gusto como signo de identidad. Dice que es latino y es más gringo que la Tercera Enmienda.

La contradicción no importa, el activismo es dogmático, no acepta la autocrítica porque “son un movimiento”, y eso es más frágil que las consignas ideológicas que comparten. Las redes están atiborradas de TikTokers que militan en diferentes activismos, es una carta de presentación, “soy activista”, es como decir “soy alguien” y eso vende. El apoyo a una causa es la nueva forma de conseguir las promesas de la autoayuda: tener amigos, venderse como una licuadora, hacerse famoso y conseguir ser respetable porque se preocupan por algo humanitario. No es necesario llevar agua a una zona de guerra o rescatar náufragos, basta declares afín a una causa desde la comodidad del trasero reposando en el sofá. Sentirse profeta gritando en las esquinas es tan antiguo como los invertebrados. Los seres humanos después de dominar la palabra se han dedicado a dominar la mentira.

Era predecible que Bad Bunny se apuntaría al discurso proinmigrantes tendría una avalancha de apoyo en las redes y además, pasaría a ser ídolo social. Lo calculó muy bien, y los activistas no lo viven como un salto oportunista para agarrarse más a la fama en la inestable balanza del consumo. Cada acción es una campaña de publicidad de él mismo.

El activismo no tiene principios, tiene apetitos, un día es una causa ecológica, otro es una política o ponen de moda un slogan, es la frivolidad de la ideología. Las canciones elementales de Bad Bunny se han trasmutado en protesta, y una masa activista tiene a su ídolo de lujo, que los representa desde el escenario de la mediocridad.


  • Avelina Lésper
  • Es crítica de arte. Su canal de YouTube es Avelina Lésper
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