Tres lecciones de un año tumultuoso

Ciudad de México /
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Cuando comenzó el año 2026, muchos inversionistas asumían que la inflación seguiría bajando, los bancos centrales recortarían tasas y los bonos volverían a actuar como activos de refugio. Ocho meses después, el mensaje es distinto: estamos en un régimen económico nuevo, en el que las reglas de inversión de las últimas dos décadas ya no pueden darse por sentadas. Para México, una economía estrechamente integrada al comercio de América del Norte y altamente expuesta al ciclo de tasas de la Reserva Federal, los flujos globales de capital y la reconfiguración de las cadenas de suministro, estas lecciones son especialmente relevantes.

La primera es que las tasas de interés más altas podrían mantenerse por más tiempo de lo que los inversionistas esperaban hace algunos años. Aunque la inflación ha cedido, persisten presiones estructurales: gobiernos con mayores necesidades de financiamiento, restricciones de oferta y más demanda de capital para inversiones en defensa, energía, infraestructura y tecnología. Estos factores pueden limitar la capacidad de los bonos para compensar caídas en otros activos durante episodios de volatilidad o incertidumbre. En México esto implica operar en un entorno donde las tasas de interés en Estados Unidos siguen siendo un factor relevante para las condiciones financieras globales y locales. Para los inversionistas del mercado local esto exige cautela frente a la exposición a la renta fija de mayor duración, y una evaluación cuidadosa de los distintos horizontes de inversión y fuentes potenciales de retorno, mientras que para las empresas y proyectos de infraestructura representa un costo de financiamiento estructuralmente mayor.

La segunda lección viene de la inteligencia artificial (IA). El entusiasmo del mercado sobre esta profunda transformación tecnológica sigue ahí, pero la oportunidad claramente se volvió más selectiva a los ojos del mercado. Ya no basta con invertir en quienes desarrollan modelos de IA; importa entender quién captura el valor económico y dónde están los cuellos de botella: semiconductores, energía e infraestructura. En el caso de México esta tendencia trasciende la adopción puramente digital. El crecimiento de la IA demanda una expansión de infraestructura energética y manufactura avanzada. Como nodo estratégico de producción integrada con Estados Unidos, México podría beneficiarse de la creciente demanda vinculada a estas necesidades de infraestructura y capacidad industrial, pero esto requiere acelerar inversiones en capacidad de generación y transmisión eléctrica, infraestructura hídrica y desarrollo de capital humano especializado.

La tercera es que los mercados han mostrado resiliencia frente a shocks geopolíticos, pero eso no significa que el riesgo haya desaparecido. Tensiones comerciales, conflictos regionales y fragmentación global están cambiando cadenas de suministro y decisiones de inversión. En México la tendencia hacia la autosuficiencia regional y el nearshoring podría representar oportunidades derivadas de la reconfiguración de las cadenas globales de suministro. No obstante, la fragmentación geopolítica y las eventuales fricciones comerciales (como las revisiones del T-MEC y las políticas arancelarias) también introducen volatilidad cambiaria y costos de adaptación. En un mundo más fragmentado, la eficiencia logística, certidumbre jurídica e institucionalidad confiable cobran relevancia para consolidar las decisiones de inversión de largo plazo.

La conclusión es clara: no basta esperar que el mundo vuelva al entorno de baja inflación, bajas tasas y abundante liquidez posterior a la crisis financiera global. Hoy compiten más actores por recursos escasos, aumentan las necesidades de inversión y se aceleran transformaciones estructurales. México cuenta con claras fortalezas: una posición geográfica estratégica, una base manufacturera consolidada, una población joven frente al envejecimiento de las economías desarrolladas y un mercado integrado a América del Norte. Sin embargo, sus desafíos exigen resolver las restricciones de infraestructura energética, elevar la productividad y fortalecer la confianza de los inversionistas.

Para los inversionistas, la respuesta es ser más selectivos: dónde invertir, cuánto riesgo asumir y qué fuerzas realmente moldearán los retornos futuros. Para México la clave será transformar su atractivo manufacturero e industrial en un motor de crecimiento sostenible e incluyente en un entorno global más exigente, competitivo y fragmentado.


  • Axel Christensen
  • Director de Estrategia de Inversiones para América Latina de BlackRock
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