Aguantar la presión

León /

La nueva ofensiva judicial de Washington contra funcionarios mexicanos presuntamente ligados al narcotráfico no puede entenderse únicamente como una estrategia de seguridad. También es una herramienta de presión política. El mensaje que Estados Unidos está enviando es claro: si México no actúa con la contundencia que Washington espera, entonces el propio sistema estadounidense buscará intervenir desde sus tribunales, sus agencias y ahora incluso bajo el lenguaje de las leyes antiterroristas. Eso eleva la tensión bilateral a un nivel mucho más delicado.

La decisión de utilizar figuras relacionadas con terrorismo para perseguir a políticos y funcionarios mexicanos representa un cambio profundo en la narrativa estadounidense sobre el narcotráfico. Durante décadas se habló de crimen organizado, tráfico de drogas o corrupción; hoy se busca colocar el tema en el terreno de la seguridad nacional y del combate al terrorismo internacional. Y cuando Estados Unidos coloca algo en esa categoría, históricamente amplía su margen de acción política, diplomática y judicial mucho más allá de sus fronteras.

México no debe minimizar esta señal. Sería ingenuo pensar que todo se reduce a declaraciones altisonantes de fiscales o funcionarios de Washington. En realidad, la Casa Blanca está construyendo presión sistemática sobre el gobierno mexicano en un contexto donde el fentanilo, la migración y la seguridad fronteriza se han convertido en temas centrales de la política interna estadounidense. La presión hacia México también tiene un destinatario doméstico: el electorado norteamericano, que exige mano dura y resultados visibles.

Sin embargo, tampoco sería inteligente responder desde el nacionalismo impulsivo o desde la negación automática. México tiene razones legítimas para defender su soberanía y exigir pruebas sólidas antes de aceptar acusaciones contra funcionarios nacionales. Pero proteger la soberanía no significa cerrar los ojos ante la penetración criminal en estructuras políticas o institucionales. Si el gobierno mexicano responde únicamente con discursos de agravio patriótico, corre el riesgo de parecer defensivo y de perder credibilidad internacional.

La relación entre ambos países es demasiado profunda como para entrar en una lógica de confrontación permanente. México depende económicamente de Estados Unidos, comparte una frontera estratégica y participa en cadenas productivas esenciales para Norteamérica. Pero Estados Unidos también necesita estabilidad mexicana, cooperación migratoria, comercio fluido y coordinación de inteligencia. Ninguno puede darse el lujo de romper realmente con el otro. Precisamente por eso, esta etapa exige más inteligencia política que orgullo ideológico.

México necesita construir una estrategia de doble vía. Por un lado, debe cooperar seriamente en materia de combate al crimen organizado, fortaleciendo investigaciones propias y evitando que Washington monopolice la narrativa anticorrupción. Por otro, tiene que marcar límites claros frente a cualquier intento de intervención disfrazada de cooperación. La clave está en demostrar capacidad institucional propia. Un país que investiga, procesa y sanciona internamente tiene más autoridad para rechazar presiones externas.

También sería un error que Washington interprete esta ofensiva como una fórmula mágica. La historia reciente demuestra que humillar públicamente a gobiernos latinoamericanos rara vez produce cooperación duradera. El caso Cienfuegos dejó heridas profundas en la relación bilateral y mostró que incluso aliados cercanos reaccionan cuando perciben que Estados Unidos actúa unilateralmente. La presión excesiva puede terminar debilitando precisamente la coordinación que Washington necesita para enfrentar al narcotráfico.

En este momento, México enfrenta uno de los desafíos diplomáticos más complejos de los últimos años. Debe evitar caer tanto en la subordinación automática como en el aislamiento soberanista. Cooperar no significa obedecer ciegamente, pero defender la soberanía tampoco implica negar los problemas reales. La madurez política estará en encontrar un equilibrio difícil: trabajar con Estados Unidos en seguridad sin permitir que la relación bilateral se convierta en una relación de tutela.


  • Azul Etcheverry Aranda
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