El restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre México y Perú debe entenderse como algo más que el cierre de una disputa política que se prolongó durante años. Es, sobre todo, una oportunidad para que México recupere una relación estratégica con un país con el que comparte historia, cultura, intereses económicos y una profunda identidad latinoamericana.
La llegada de Keiko Fujimori a la presidencia peruana el pasado 28 de julio y el posterior restablecimiento de los vínculos con México, acompañado del salvoconducto para que la exprimera ministra Betssy Chávez pudiera salir hacia territorio mexicano, permiten finalmente destrabar una crisis que había dejado a ambas naciones en una situación diplomática poco conveniente. En un momento internacional marcado por la incertidumbre y por una relación cada vez más compleja con Estados Unidos, México no puede darse el lujo de mantener abiertos frentes innecesarios en su propia región.
El contexto en el que ocurre este acercamiento es fundamental para entender su importancia. Las diferencias entre ambos gobiernos no surgieron de un desacuerdo menor, sino de una crisis política que comenzó tras la destitución y posterior encarcelamiento de Pedro Castillo, y que llevó al gobierno mexicano a asumir una posición particularmente crítica frente a las autoridades peruanas. El otorgamiento de asilo a integrantes del entorno de Castillo, las declaraciones de funcionarios mexicanos y, posteriormente, el caso de Betssy Chávez fueron acumulando tensiones hasta desembocar en la ruptura formal de relaciones.
Durante años, la política interna peruana terminó convirtiéndose en un obstáculo para una relación bilateral que había sido mucho más amplia que esa controversia.
El cambio político en Perú abrió una ventana para superar ese impasse. Con Keiko Fujimori al frente del gobierno, las dos naciones encontraron un punto de entendimiento que permitió avanzar hacia la normalización de la relación. El salvoconducto otorgado a Chávez para que pudiera trasladarse a México fue particularmente relevante porque permitió resolver uno de los asuntos que habían mantenido abierta la tensión diplomática. Más allá de las posiciones que cada gobierno pueda tener sobre la crisis política peruana, la decisión de encontrar una salida mediante los canales diplomáticos demuestra que incluso los desacuerdos más profundos pueden ser encauzados cuando existe voluntad política para hacerlo.
Precisamente por eso, el restablecimiento de los vínculos representa una señal de madurez diplomática. México y Perú pueden mantener diferencias políticas, incluso profundas, sin convertirlas necesariamente en obstáculos permanentes para la relación entre sus Estados. La diplomacia existe, entre otras cosas, para encontrar espacios de entendimiento cuando las posiciones políticas no coinciden. El hecho de que gobiernos con orientaciones distintas puedan sentarse nuevamente a construir una relación demuestra que los intereses nacionales deben tener la capacidad de trascender las afinidades o discrepancias entre dirigentes.
Para México, además, recuperar la relación con Perú tiene un valor que va mucho más allá de Lima. Perú es una de las economías más importantes de Sudamérica y un actor relevante en el Pacífico latinoamericano. Ambos países tienen intereses comunes en comercio, inversión, turismo, educación, cultura y cooperación. México y Perú también comparten espacios de integración regional y forman parte de una comunidad latinoamericana que, pese a sus diferencias políticas, enfrenta problemas semejantes: desigualdad, migración, inseguridad, cambio climático y la necesidad de fortalecer sus economías frente a un escenario internacional cada vez más competitivo.
En un mundo cada vez más incierto y frente a una relación especialmente exigente con Estados Unidos, México necesita más América Latina, no menos. Y para construir esa América Latina más integrada, recuperar los vínculos que se habían roto es un buen lugar para comenzar.