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AMLO y la presidencia sagrada

Bernardo Barranco

AMLO insiste en predicar y enarbolar sus programas sociales y proyecto de su gobierno con la justicia social cristiana. Equipararse con la prédica y opción que hizo Jesús por los pobres y los desamparados de la tierra. López Obrador ha sido el presidente que ha convertido lo religioso en un activo político.

En la gira de este fin de semana, reiteró que el propósito de su gobierno es que tengan mejores condiciones de vida los más necesitados y que eso es lo más parecido al cristianismo, doctrina que predicaba Jesucristo. En el municipio de Etchojoa, Sonora, afirmó: "Entre todos vamos a sacar adelante a nuestro país y el propósito es que tengan mejores condiciones de vida y de trabajo los más necesitados.

Esto es humano. Es justicia social y es también cristianismo…. Me van a criticar pero lo voy a decir: ¿por qué sacrificaron a Jesucristo? ¿Por qué lo espiaban? Por defender a los humildes, por defender a los pobres. Esa es la historia real. Entonces, que nadie se alarme cuando se mencione la palabra cristianismo. Cristianismo es humanismo".

Es evidente que las concepciones políticas de AMLO están impregnadas de principios religiosos. Políticamente el presidente no distingue ni separa su visión religiosa de su quehacer político y social. AMLO enaltece la religiosidad sobre todo ante los campesinos pobres o ante los indígenas. Ahí está la esencia del llamado “pueblo bueno”. La añoranza de un pasado mítico, donde el pueblo vivía en coherencia con sus principios morales y religiosos.

El problema de sus críticos no es que le señalen como predicador, como un presidente pastor o un mesías. El riesgo es el sesgo teocrático. La conducción del poder y de un país complejo debe ser secular y racional. El cristianismo al que considera humanista es una religión con una propuesta de salvación metasocial.

El cristianismo tiene una herencia teocrática muy marcada en el Antiguo Testamento. Yahvé es un Dios castigador que se compromete con los destinos de su pueblo elegido. Mientras Jesús matiza ese Dios castigador y en el Nuevo Testamento, leemos la separación entre la fe y el poder en aquella expresión “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

AMLO no puede confundir sus convicciones religiosas personales, frente a un país diverso, con las tareas de conducción y gestión del poder. Ni mucho menos caer en discursos moralinos que cimbran peligrosamente las estructuras del Estado.

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