Caso Epstein y la crisis ética de las élites

  • Posteando
  • Bernardo Barranco

Estado de México /

El comportamiento político, económico y simbólico de Jeffrey Epstein nos muestra signos de descomposición de la élite del poder. Grandes nombres aparecen en una red de impudicia de poderosos actores, abusadores de menores que se sienten por encima de la sociedad. Personajes que someten física y psicológicamente a las personas, las violan y las lastiman porque se saben impunes.

En todas las culturas existen bestiarios en sus mitologías. En la cultura contemporánea los depredadores acaudalados están guarecidos por grandes fortunas y poder político. Son intocables. Personajes que se colocan como seres nocivos con derecho a abusos y la humillación de víctimas inocentes. Son bestias forradas de dinero como signo de dominio y de control sobre la sociedad.

Jeffrey Epstein construyó sectas de placer, desde donde se hacían no solo negocios sino redes de complicidad política.

Hay una crisis de la ética. Las élites despliegan su perversidad, estableciendo relaciones confabuladas en las que comparten pulsiones homicidas con visión de negocios. Potencializan los aspectos psicopatológicos en el abuso a menores de edad, así como el control racional que le confiere una cualidad criminal propia de los trastornos de la sociedad actual. Las perversiones sexuales de los personajes públicos, de líderes empresariales, dirigentes políticos exitosos y también clérigos pudientes, reflejan las perturbaciones de la sociedad. En el fondo es el resultado de las relaciones de poder que guardan los individuos con el establishment.

La psiquiatría moderna define el abuso sexual a un menor como un “asesinato psíquico”. Un acto que atenta contra la identidad del menor y transgrede el desarrollo de la persona. Es la conducta del pederasta con derecho a picaporte. Michel Foucault, en su libro Historia de la Sexualidad, encuentra un estrecho vínculo en el imperio de los privilegios como factor represivo y la sexualidad como una dimensión construida desde el poder. Hombres poderosos como Silvio Berlusconi, Bill Clinton, Harvey Weinstein, Dominique Strauss-Kahn y Donald Trump, entre muchos otros, nos hacen pensar qué tan tóxica y corrompidas están las élites que gobiernan el mundo.

En nuestro medio, personajes como Andrés Roemer, entre muchos otros, se saben intocables.

Conductores y dueños de las conciencias de los individuos y, por tanto, también de sus cuerpos. Políticos envilecidos encuentran refugio en el poder de los gobiernos mientras los sacerdotes pederastas en la estructura eclesiástica. Así, la patología de los abusos sexuales es expresión de la corrupción del poder.


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