Al ser capturado, en uno de los cuartos de la casa del Mencho se encontraron un Cristo colgado en la pared y en un improvisado altar donde había cuatro veladoras e imágenes de la Virgen de Guadalupe y de San Judas Tadeo, muy populares en México y el resto del continente, además de San Charbel, un monje y sacerdote maronita libanés que fue canonizado en 1977.
No es una sorpresa que los criminales sean devotos a figuras religiosas, en su mayoría de origen popular, a las cuales les recen y se encomienden. La religiosidad y superstición de los narcotraficantes se deriva de que son personas que constantemente viven al filo de la navaja, desarrollando vínculos fatídicos con las deidades y fetiches sobrenaturales que los protejan e incluso justifiquen sus atroces acciones.
Los narcocorridos manifiestan una relación fatalista entre la vida y la muerte, y sus generosas aportaciones a las Iglesias, no sólo a la católica, son talismánicas y peticionistas de mantos de protección. Son también mezclas de magia, esoterismo, con rasgos del viejo catolicismo tradicional providencialista.
Se han situado estas prácticas desde sectas satánicas que sacudieron a la opinión pública en los noventa, y el culto a Jesús Malverde, en Sinaloa, hasta la veneración a la Santa Muerte en el centro-sur del país, entre muchas otras. Son construcciones propias y a modo.
Los miembros del crimen organizado, en concreto los narcos, saben que están cometiendo faltas graves a una ética religiosa. Y por otra parte están al filo entre la vida y la muerte, por lo tanto se convierten en individuos muy supersticiosos que construyen formas religiosas que justifiquen y den trascendencia a una vida que saben que en cualquier momento estará perdida.
Basta observar los narcocorridos para percibir cómo se construye lo religioso como una factura propia de protección y redención. En 2010 surgieron los “Caballeros templarios”, comandados por “La Tuta”, y este era uno de sus corridos: “Eran monjes, hoy son guerrilleros. Tienen sus templos en sus campamentos, valientes cabrones de corazón, pero si les fallas o andas con ‘jaladas’ ellos son la inquisición”.
Volviendo al Mencho, los objetos religiosos encontrados, son todos ellos cultos bienhechores. La Virgen de Guadalupe, madre protectora de los mexicanos; Judas Tadeo, santo de las causas perdidas; Martín Caballero, soldado protector de desamparados.
Y le pregunto: ¿con todo el dinero y poder, el Mencho no compró a la Iglesia? El Mencho seguramente contaba con capellanes.