Él publica todos los días a las siete de la tarde: la niña corriendo, en tae kwon do, en ballet, en el piano. Siempre encuentra la cámara, ajusta el gesto, sigue. “Cero pantallas”, dice el pie de foto.
El sábado hay restaurante. La niña ve los columpios vacíos, señala, le dicen “ahorita”. Adentro no cabe en ninguna silla, pregunta todo, llora. Él mete la mano a la bolsa, ella abre el cierre: sale la tablet con funda de osito. En tres segundos, la niña ya no está en el restaurante. La mesa respira.
Eso tiene nombre: adultocentrismo. La convicción de que los adultos somos la medida de todas las cosas, incluyendo las que les pertenecen a las infancias. Lo difícil no es verlo en los demás —eso es fácil, casi un deporte— sino reconocerlo en uno mismo, en eso que se parece tanto al cuidado que a veces no hay manera de distinguirlos. El cinturón se pone aunque la niña diga que no, la vacuna también. Pero hay una zona gris: ¿cuándo dejamos de proteger y empezamos a decidir en su lugar?, ¿cuándo la tablet es una herramienta y cuándo es para comprar silencio?
En 2017, la Suprema Corte resolvió que una madre no podía prohibirle a su hija el acceso a internet. Las infancias son titulares plenos de derechos, dijo; la función de los padres no es prohibir ese acceso sino orientarlo. Lo que la Corte no podía resolver entonces es qué pasa cuando la plataforma está diseñada para que nadie pueda parar, cuando el algoritmo sabe más de un niño que sus propios padres.
En octubre de 2024, catorce fiscales de Estados Unidos demandaron a TikTok por su relación con la depresión, la ansiedad y los trastornos alimentarios en adolescentes. La fiscal de Nueva York fue directa: TikTok conoce el daño que produce y ha elegido sus ganancias —dieciséis mil millones de dólares en 2023— sobre el bienestar de las infancias. En marzo de 2026, un jurado en Los Ángeles declaró a Meta y YouTube responsables del daño a la salud mental de una joven. El primero de su tipo en ese país.
El derecho se mueve despacio. Las plataformas se actualizan antes de que termine de leerse la sentencia anterior. Y mientras tanto, solo acomodan el entorno para que elijamos lo que ya decidieron que íbamos a elegir. Si nosotros, con toda nuestra voluntad de adultos, no podemos parar, qué le estamos pidiendo exactamente a una niña de cuatro años.
La niña levanta la vista un momento, nos mira a todos, y vuelve a su tablet.