La condena de Casandra

Hidalgo /

Nos siguen preguntando por qué alzamos la voz, como si el problema fuera el volumen y no esa vieja costumbre de no escuchar. Ese desdén no es nuevo. Ya estaba en Troya. Allí vivía una mujer que veía el futuro con la claridad con que se mira una tormenta romper el horizonte. Sabía que la ciudad ardería, que los muros caerían y que los gritos llegarían antes del amanecer. Intentó advertirlo primero con la urgencia de quien cree que la verdad basta para cambiar el rumbo del mundo; después con la insistencia de quien descubre que su palabra rebota contra quienes han decidido no creerla.

Se llamaba Casandra.Los dioses le concedieron el don de la visión, pero también una condena política: nadie confiaría en lo que dijera. La historia no quedó en Troya.Hace unos días, en una mesa de café, varias juezas y magistradas hablábamos de trabajo: expedientes, sentencias, jornadas interminables. Pero entre una historia y otra apareció una experiencia conocida por todas: esa sensación persistente de que la autoridad de una mujer necesita una explicación adicional, como si su voz requiriera todavía un pequeño certificado de legitimidad.

Una recordó el grito de un colega en su propio juzgado, no como parte de un debate jurídico sino como un gesto para marcar territorio. Otra habló de esas órdenes que quedan suspendidas en el aire hasta que una voz masculina decide confirmarlas. Todas reconocimos ese instante en que una intervención femenina provoca miradas cómplices o sonrisas mínimas que funcionan como un código de exclusión.

La filósofa Miranda Fricker llamó a esto injusticia epistémica: un descuento automático de credibilidad aplicado a ciertas voces antes siquiera de escucharlas. Nancy Fraser describió algo parecido al analizar la trampa de la meritocracia: se nos permite ocupar la silla, pero las reglas siguen diseñadas para otros.

La igualdad está escrita en la Constitución y en los tratados. Sin embargo, en muchos espacios todavía pagamos un impuesto invisible al ejercer autoridad: el de la docilidad.

Tal vez por eso la historia de Casandra sigue atravesando los siglos. Una mujer habla, advierte, insiste… y la ciudad continúa con lo suyo.

El problema nunca fue la voz. Siempre fue la costumbre de no escuchar.


  • Bertha Orozco
  • Jueza de Distrito en el Estado de Hidalgo
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