Los pactos que el estado no hizo con Dios

Hidalgo /

En ¿Para qué sirve la ética?, Adela Cortina cuenta que, en plena crisis financiera española, un economista le dijo que todos sabían lo que había que hacer. La respuesta no fue perseguir a los corruptos ni cerrar los paraísos fiscales. Fue reducir las pensiones. Porque eso, explicó con toda la calma del mundo, era lo más sencillo.

Lo más sencillo. No lo más justo. No lo más eficaz. Lo más sencillo.

Mi tía Chela, llegó a la vida de mi mamá con una llamada: ¿y ahora qué hago, a dónde voy? Cuando enviudó no tenía casa, no tenía dinero, no tenía a nadie. Había cuidado a su marido décadas, trabajado junto a él sin contrato, sin cotización, sin nada que el sistema pudiera reconocer como retiro. Hoy tiene una edad que no dice, no por vanidad, sino porque dice que si se enteran, la corren. Llega al Soriana antes de que amanezca, empaca bolsas, recibe propinas, y tiene 6,400 pesos cada dos meses de pensión del bienestar. Hace poco me dijo que nunca había tenido tanto dinero para ella sola.

Esa pensión existe y es necesaria. Pero se financia de algún lado. Y ese lado, en este país, casi siempre tiene nombre y tiene votos.

El 10 de abril, el gobierno publicó en el Diario Oficial una reforma al artículo 127 constitucional. Más de 93 mil jubilados de Pemex, CFE y Banobras vieron reducidas sus pensiones hasta un 60%. Les llamaron "pensiones doradas". Dos palabras que hacen todo el trabajo sucio: nadie defiende el oro cuando hay gente sin nada. Lo que ese nombre calla es que detrás hay contratos, décadas de trabajo bajo reglas que el propio Estado firmó. El artículo 14 constitucional prohíbe aplicar leyes retroactivamente. No es un tecnicismo, sino el principio más básico del Estado de derecho, en donde no puedes cambiar las reglas cuando el juego ya terminó.

Llevo 25 años dentro de ese principio. La mitad de mi vida. También por decreto, me voy en 2028.

Mi tía tiene miedo de que sus 6,400 pesos mañana se vuelvan una ventanilla cerrada. Los jubilados de Pemex ya viven eso. Los magistrados marchan por Insurgentes sin que nadie abra la puerta. Y yo me quedo sin saber para dónde hacerme.

Todos en el mismo edificio. Todos con el mismo miedo. Y ninguno terminando de creer en un Estado que lleva décadas demostrando que sus pactos no son con Dios, sino con la conveniencia del momento.


  • Bertha Orozco
  • Jueza de Distrito en el Estado de Hidalgo
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