Un nuevo pragmatismo está impregnando el debate sobre el clima en Occidente, impulsado por votantes cansados del aumento de las facturas energéticas, y molestos por una retórica climática cada vez más histérica y paternalista. Desde Washington hasta Westminster, pasando por Berlín y Canberra, la clase política se enfrenta a una simple verdad: las agresivas medidas para alcanzar el objetivo de cero emisiones netas están provocando costos económicos inmediatos a cambio de unos beneficios climáticos imposibles de medir y muy lejanos.
El punto de partida pudo haber sido la elección de Donald Trump en Estados Unidos, pero la advertencia más clara proviene del Reino Unido. La ley de cero emisiones netas del Reino Unido, promulgada en 2019, comprometió al país a alcanzar cero emisiones para 2050. Se aclamó como un liderazgo audaz, pero la realidad ha sido un sabotaje económico. Los precios de la electricidad industrial se dispararon un 124 % entre 2019 y 2024, cuatro veces más que el aumento en Estados Unidos, lo que dejó al Reino Unido con las tarifas más altas del mundo occidental (0,36 dólares estadounidenses por kilovatio-hora).
Y los planes del gobierno laborista, que apuestan fuertemente por las energías renovables, solo servirán para inflar aún más los costos. En una reciente audiencia parlamentaria, altos ejecutivos del sector energético dejaron al descubierto los hechos. Chris Norbury, director ejecutivo de E.On UK, declaró que, aunque los precios al por mayor cayeran estrepitosamente hasta cero, las facturas de los consumidores seguirían siendo tan elevadas como las actuales, debido al aumento de los gastos impulsados por las medidas políticas.
Reform UK, que ahora lidera las encuestas nacionales y está a punto de formar el próximo gobierno, exigió primero el fin de los objetivos de cero emisiones netas, condenando su diseño y su costo. Los conservadores, ante la perspectiva de un desastre electoral, se apresuraron a seguir su ejemplo, comprometiéndose a derogar la Ley de Cambio Climático. Según se informa, el primer ministro Keir Starmer se está preparando para retrasar o diluir los compromisos ecológicos clave con el fin de frenar la revuelta de los votantes.
Incluso el Instituto Tony Blair, poco conocido por su escepticismo climático, ahora insta a suspender los impuestos sobre el carbono aplicados al gas para reducir los precios de la energía hasta 2030, dando prioridad a la energía barata frente a la reducción de emisiones, al igual que hacen Estados Unidos y China.
La difícil situación del Reino Unido no es un incidente aislado, sino un presagio del retroceso en el experimento global de cero emisiones netas que recientemente defendían los políticos, incluso en los estados demócratas de Estados Unidos y en toda Europa, así como en otros países más lejanos. En Australia, el Partido Liberal conservador ha abandonado la promesa de cero emisiones netas en 2050 y, en su lugar, dará prioridad a la reducción de los precios de la energía. En Alemania, el partido de la extrema derecha AfD lidera ahora las encuestas nacionales, arremetiendo contra las cargas ecológicas «elitistas» y prometiendo detener la descarbonización. La nueva primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, da prioridad al renacimiento nuclear para la seguridad energética por encima de las energías renovables agresivas.
Incluso la UE está dando marcha atrás en las leyes medioambientales, suavizando las normas de financiación sostenible en medio de las protestas de los agricultores y las presiones para la desregulación. Las promesas climáticas para 2040 se han suavizado y, lo que es más importante, pueden flexibilizarse aún más si, como es inevitable, acaban teniendo un impacto negativo en la economía de la UE.
Las empresas que convencieron al mundo con sus credenciales ecológicas también están dando marcha atrás: Wells Fargo abandonó su promesa de cero emisiones netas en marzo de 2025, mientras que BlackRock salió de la Alianza Net Zero en enero, alegando la reacción política contra la inversión con enfoque ESG (ambiental, social y de gobernanza, por sus siglas en inglés).
Este creciente disenso no niega en su mayor parte la realidad del problema climático, pero insiste en que tampoco debemos ignorar los costos de las políticas climáticas: el objetivo de cero emisiones netas costará cientos de billones de dólares y reportará beneficios mucho menores. Además, incluso si todos los países ricos redujeran a cero sus emisiones a mediados de siglo, los modelos climáticos muestran claramente que el impacto evitaría menos de 0,1°C del calentamiento previsto para finales de siglo, mientras que supondría un impacto del 8-18 % en el Producto Interno Bruto a mediados de siglo.
Ahora está quedando claro que las afirmaciones optimistas sobre el crecimiento verde o los modestos costos de una transición verde forzada ya no son plausibles. Si los políticos verdes realmente creen que la acción climática justifica costos exorbitantes y energía inasequible para millones de personas, tienen que plantearlo abiertamente. Y este es un argumento perdedor. El declive del Reino Unido, que ha pasado de ser una potencia energética a un paria en materia de precios, lo pone de manifiesto.
Aquí entra en escena el filántropo Bill Gates, cuyo reciente memorándum previo a la cumbre climática COP30 aboga por un giro estratégico. En él expone tres duras verdades: el cambio climático es grave, pero "no provocará la desaparición de la humanidad" ni el fin de la civilización; la temperatura no es el mejor indicador de progreso; y la salud y la prosperidad son nuestras mejores defensas contra él.
Esto implica dejar de lado la obsesión por reducir las emisiones, que ha marcado la política climática y energética en el Reino Unido, Europa y otros países occidentales. En su lugar, Gates destaca que debemos centrarnos en lo que más impulsa el bienestar humano. Para los pobres del mundo, eso significa abordar directamente el hambre, la pobreza y las enfermedades. Esto ayudará a las personas a vivir mucho mejor y aumentará su resiliencia en un clima más cálido. Para las naciones ricas, significa abordar de frente el empleo, la educación, la inmigración, la defensa y la energía.
Para responder al cambio climático de forma inteligente, debemos pasar de encarecer la energía a innovar para que, a la larga, la energía verde sea más barata: invertir en I+D para lograr avances en energía nuclear, captura de carbono y geoingeniería, y una generación y almacenamiento de energía verde mucho más eficientes, en lugar de encarecer todos los precios de la energía y subvencionar las, intermitentes y poco competitivas, energías renovables actuales.
Los políticos que siguen promoviendo transiciones ecológicas indoloras deben ahora defender lo indefendible: una energía inasequible para un impacto insignificante. La era del cero neto se está fracturando. Es hora de honestidad, innovación y políticas que sean positivas para la gente.