El reciente ataque del gobierno de Donald Trump contra Venezuela fue, ante todo, un espectáculo político cuidadosamente producido. Uno diseñado para sorprender, descolocar y dominar la escena. Más allá de lo que ocurra en los próximos días, la captura y extracción de Nicolás Maduro tras una operación aérea relámpago colocó nuevamente a Trump en el centro del escenario global, ahí donde mejor se mueve.
En La hora de los depredadores, Giuliano da Empoli describe a los nuevos autócratas como líderes que no gobiernan a través de leyes, instituciones o planes de largo plazo, sino mediante la furia convertida en espectáculo. Lo suyo es el golpe súbito, la acción teatral, el gesto excesivo: herramientas diseñadas para producir miedo, adhesión y, sobre todo, poder.
Trump encaja con precisión en ese molde. Como otros líderes contemporáneos —Orbán, Putin, Milei— su método consiste en sorprender, intimidar, romper equilibrios y sembrar el caos. ¿Con qué objetivo? Acumular poder y reordenar el tablero político a su favor. En su caso, además, convertir el ejercicio del poder en un negocio altamente rentable. No es casual que 2025 haya sido el año más lucrativo de su vida, con un crecimiento patrimonial que pasó de 4.3 a 7.3 millones de millones de dólares.
Las justificaciones oficiales del gobierno estadunidense para la operación en Venezuela resultan poco convincentes. Venezuela no es un actor central en el tráfico de cocaína y mucho menos de fentanilo hacia Estados Unidos. La migración venezolana hacia territorio estadounidense es acotada. Y aunque el régimen de Nicolás Maduro es autoritario, corrupto y abiertamente cleptocrático, difícilmente puede considerarse una amenaza inminente a la seguridad nacional de EU.
Lo que sí tiene Venezuela es petróleo, en enormes cantidades. Y con ello, la posibilidad de un negocio estratégico de alto valor. Como dijo el propio Trump tras la operación: “Todo es un deal”. Venezuela se convierte así en una ficha de negociación frente a China —destino de cerca de 80 por ciento de sus exportaciones petroleras— y en una oportunidad para abrir espacios millonarios a empresas energéticas estadunidenses, con potenciales beneficios políticos y financieros colaterales muy significativos.
El componente electoral tampoco es menor. Un golpe espectacular contra el régimen venezolano moviliza a votantes y donantes republicanos. Particularmente en estados bisagra como Florida, donde comunidades cubanas y venezolanas mantienen una oposición frontal a los regímenes de La Habana y Caracas. El espectáculo internacional se traduce, así, en réditos domésticos muy concretos.
Lo que sigue es mucho más incierto. Estabilizar Venezuela tras la captura de Maduro no será sencillo. Queda por verse si hubo negociaciones previas con sectores del régimen y emergerá una figura funcional a los intereses de Washington o si, por el contrario, se abre una pugna interna que escape al control de quienes hoy festejan la operación.
Por lo pronto, Trump volvió a tomar la delantera. Arrancó el año colocándose —una vez más— en el centro de la escena. En el universo político que ha contribuido a crear, la lógica es clara: todo es posible, siempre que produzca espectáculo, acumule poder y (le) genere ganancias contantes y sonantes.