La dramaturgia de Tony Kushner en Ángeles en América, dirigida por Cristian Magaloni, es la lectura de un libro, visual, auditivo, en movimiento, con una escenografía fría, luminosa y oscura que refleja una época donde la derecha gobierna la vida de gente sin futuro. Los 80 de Ronald Reagan que hoy pueden ser los de Trump, ese personaje que impulsó el abogado Roy Cohn, que ha inspirado un filme, un documental y es protagonista del drama en más de 40 escenas que reflejan desolación.
Kushner rompe al realismo con un rapto de fantasía. Magaloni suma coreografías que animan la tragedia e invitan a reflexionar. Siete horas de escena sin tregua al espectador, donde el tiempo no importa porque lo tupido causa escozor y placer con un casting de primera. El dinamismo del montaje es bizarro, semibarroco, áspero y exquisito en su reparto de actores, en el vestuario, en la iluminación de la luz a las sombras. No deja espacio vacío porque el aliento y la tristeza incendian las almas. Habíamos visto a Tony Kushner en la versión de Martín Acosta en 2018 con traducción del dramaturgo David Olguín, con una escenografía desnuda en la que la iluminación hacía el gran trabajo escénico. Era apenas la primera parte. Lo de Magaloni es el texto íntegro, en el que se apuesta contra toda sobriedad. Irrumpe con la totalidad teatral, a pesar de cierto tropiezo en los diálogos.
Ya quisieran los narradores contar como hace Kushner con Ángeles en América. Con dramaturgos así el teatro jamás morirá. Gran enseñanza de cómo la política y las religiones influyen en vidas desgarradas por profetas de ultraderecha, logrando la épica de la destrucción del universo. Nadie quiere a Trump o Reagan en el mundo y siguen imparables ante la ausencia de contrapesos. El oscurantismo a lo que da. El sida en los 80 no es el protagonista sino la ausencia de caridad humana. Gran visión dramatúrgica.
Un teatro que no escatima el compromiso del qué hacer, cómo cambiar un sistema. No es un musical de Broadway. Aquí palpita la vida donde rabinos y mormones se disputan la culpa y el perdón. Nadie se aburre en un montaje arriesgado, irónico, salpicado de sueños, en el que la risa es la mueca existencial, en el que los ángeles no existen y el sueño es ilusión. Gracias.