He visto tres filmes de Paolo Sorrentino: Fue la mano de Dios, La gran belleza y La grazia. La belleza de la duda. Son estéticas donde el arte brilla, sublime, por encima de la realidad; trátese de un adolescente que mira y observa y termina como director de cine (autobiográfica), el periodista que no deja de constatar la decadencia intelectual de la sociedad romana burguesa (con la que ganó el Oscar) y la política del mandatario perfecto que contrasta con el mandatario imperfecto de nuestro presente (galardonada en Venecia).
Un cine que desnuda con humor y sarcasmo fino el escaso humanismo del ser social. Sorrentino es además novelista de prestigio (Todos tienen razón, en Anagrama). Jamás te deja indiferente. Su estilo cinematográfico es una marca. Un pensamiento traducido en guiones con personajes redondos. Fotografía única por su alta belleza, de contrastes oscuros y luminosos.
Se le considera heredero de Fellini. La grazia ni siquiera se seleccionó para el Oscar y se exhibe en una sala vacía en México. El mandatario al final de su presidencia, con sus dudas e inseguridades, con la ley en la mano, demuestra sabiduría a raudales ante decisiones como la eutanasia y el indulto a dos reos. Un hombre al que le llaman El hormigón armado. Lo caracteriza con sobriedad su actor fetiche, Toni Servillo, ganador de la Copa Volpi por su interpretación.
Tanto conocimiento de la vida para gobernar es difícil de pensar en los mandatarios de hoy. Eso es lo que asombra en el filme. Crea una falsa realidad, como si el mandatario siguiera a la perfección las bases de Las meditaciones, de Marco Aurelio, más que a Maquiavelo. Tarde, pero lo logra. La política difícilmente es un arte pero la ficción y el cine lo consiguen por su potente estética, donde las leyes son el meollo de la crisis. Ya lo escribió el sábado Ricardo Raphael: Bukele, Trump, Milei, Putin, son liderazgos de escasa sabiduría frente al personaje y la estatura del creado por Sorrentino. Hay que vestirse de hormigón, con mano de hierro, sí, pero con humanismo.
Ver La grazia acerca a la comprensión del papel del mandatario —o mandataria—, ante dificultades sociales, económicas, de salud y seguridad que un pueblo demanda.