Eres apenas una sombra en la memoria. Te convirtieron en personaje literario. Ernesto San Epifanio te llamó Roberto Bolaño en Los detectives salvajes. En realidad eras un poeta infrarrealista que dejaste dos libros, La ciencia de la tristeza e Historias cinematográficas. Darío Galicia te llamabas y te fuiste cuando nadie lee noticias tristes en un día previo al año nuevo. Fue un 30 de diciembre de 2019 cuando terminó tu vida y empieza tu leyenda. Hoy eres materia de investigación. Pero eso a ti no te importa. No es asunto de poetas preocuparse por su futuro…
Muchos ya te dábamos por muerto antes, porque te esfumaste de la escena cultural al finalizar los años 80. Carmen Boullosa lo escribió alguna vez en El universal. De repente, apenas en abril del año pasado Ana Clavel escribió en este diario MILENIO que vivías, por cierto, en condiciones poco vivibles. Los amigos Mario Raúl Guzmán y el infra Luis Antonio Gómez se aprestaron a apoyarte para despertarte del olvido. Reeditaron tus obras y te regalaron una máquina de escribir. Pero ni así te animaste, te extinguiste porque el fósforo ya no tocaba tu corazón. Dejaste de ser esa llama inquieta que en los 70 refulgía en todo su esplendor.
Delgado, estatura media, vestías con pantalones de campana y zapatos con plataformas más grandes que cualquiera de las estrellas del espectáculo de hoy. Tu pelo largo al estilo del Jim Morrison. No eras bello, no. Pero tenías juventud y eso ayuda a cualquiera que además maneja la sincronía de las palabras, esa perfecta armonía para seducir. Por eso cuando fuiste a presentar tu primer libro estaba a tu lado una belleza de hombre que cualquiera envidiaría. Un hombre que te amaba y te hacía el amor toda la noche —presumías.
Lo escribiste en un poema: “Nuestro amor es una historia prohibida y aún así tú y yo nos besamos en Reforma y en la Universidad, ocultos en las sombras y también cuando no resistimos el brillo y la atracción de nuestros labios. La fuerza de cuatro piernas y esta honda ternura y la necesidad de amarnos frente a la luz del día. Simplemente como dos hombres que se aman”. Eres precursor de la poesía homoerótica y apenas ahora te empezamos a leer. Eres inspiración en la literatura de Bolaño y gracias a él hoy tienes otro rostro, querido Ernesto San Epifanio.
Pero antes, cuando éramos muy jóvenes y gozábamos esas caminatas por la Alameda, cuando discutíamos las obras del momento, cuando Carlos Monsiváis nos recriminaba —decía—, porque perdíamos el tiempo en naderías, sí, cuando nada sabíamos de lo que sería tu desgracia. Tú mismo lo escribiste: “Otro madrazo en un psiquiátrico donde ronda mi cadáver. No espero mi Hiroshima. Soy un ciudadano desconocido. Soy un expediente psiquiátrico donde no tengo nombre ni historia”. La operación de un aneurisma fue el inicio de tu desgracia. Fue cuando te olvidamos, desapareciste sin dejar huella, hasta que hoy ya no eres olvido.
Descansa, Darío Galicia. Ya no importa lo que se escriba de ti, ni que presentarán tu obra en Bellas Artes. Importa que tuviste una vida cruel que rompió tus ilusiones literarias. Pinche vida. “A los muchachos pobres no nos queda otro remedio que la vanguardia literaria”, escribió Bolaño. Eso.