Veinticinco de Elena Garro

Ciudad de México /

Es más obra que solo leyenda: bastaría con leerla para acallar los murmullos a su paso. Su nombre se confronta con el de Octavio Paz, víctimas de bandos patriarcales y feministas. La ensombrecieron sus torpezas ideológicas frente al 68, eso sí, un suceso histórico que la desquició, aunque nunca dejó de escribir: su venganza frente a la realidad. De generación en ge-

neración sale a luz el poderío de su labor literaria. Es una mujer de letras y no el anecdotario como rosario de mentiras disfrazadas de verdades —y al revés. La reivindican desde el pasado y el presente un titipuchal de firmas sobresalientes. A 25 años de su muerte el purgatorio empieza a ser el principio de su exhumación para quedar eterna en nuestra cultura, no solo nacional. 

Ximena Escalante la convierte en una obra de teatro que exalta su debilidad de carácter frente a la realidad (Olvida todo). Rafael Cabrera investiga su itinerario fuera de México, “en sus míticas y frenéticas huidas, tanto irreales como imaginarias” (Debo olvidar que existí) . Guillermo Sheridan, al memorizar a Paz, la interpreta como la mala de la película. Patricia Rosas Lopátegui, enamorada de su obra, cree todo lo que ella dice y la santifica. Elena Poniatowska la hace novela y narra a manera ficcional la relación de la Garro con su amante, Archibaldo Burns (Paseo de la Reforma). Geney Beltrán Félix prefiere presentar su producción literaria, ya lejos de Los recuerdos porvenir (Novelas escogidas y Antología), y nos descubre a una mujer prolífica en el cuento, el teatro y la novela corta y larga, de primerísimo nivel. 

“Maldita y mítica”, la describió Emmanuel Carballo. Oscura y luminosa, la conocí en París en 1987. Una entrevista que guardé 21 años a petición suya: “Se va a enojar Octavio y no quiero problemas”. La publiqué el 16 de agosto de 2008, en MILENIO, muertos él y ella. Al final de la conversación, sentenció: “Creo que la muerte es una liberación. Creo en Dios y no creo que nos hagamos polvo, ni tierra, ni nada: creo en el juicio final, creo en el cielo, creo en el infierno. Creo en el purgatorio. Creo que me pasaré una temporada en el purgatorio y luego, pues Dios es muy bueno…”

Se refería al purgatorio literario, ¿o no?

  • Braulio Peralta
  • juanamoza@gmail.com
  • Periodista, ensayista y editor. Autor de Otros nombres del arcoíris, El poeta en su tierra, diálogos con Octavio Paz, De un mundo raro, un libro de crónicas de sus personales viajes como corresponsal en España, y El clóset de cristal. Publica todos los lunes su columna La letra desobediente.
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