Emile Durkheim afirmaba que la anomia es una situación en que las normas sociales dejan de regir el comportamiento de las personas, y que esto ocurre cuando los cambios económicos, tecnológicos, sociales, políticos o culturales se dan de una manera tan vertiginosa que la conciencia colectiva o normas sociales pierden su poder orientador. Lo anterior genera confusión masiva o lo que algunos han llamado descomposición social.
Para Durkheim, los seres humanos somos insaciables, no tenemos límites, la sociedad debe ponerlos, pero si ésta y el sistema económico y político no ponen esos límites, por el contrario, se producen expectativas de que todo es alcanzable y el estado de ánimo permanente puede ser la frustración.
Si no se tiene todo el poder, todo el dinero, toda la fama, todos los likes, todo el tiempo del mundo, la frustración brota. Esta termina en violencia. La sociedad que vivimos hoy no establece esos límites y hace prácticamente imposible establecerlos; las redes sociales y el contenido aspiracional que publican son un ejemplo. Pero también las condiciones estructurales, las jornadas laborales sin descanso, las ciudades diseñadas para pasar cuatro horas al día en trayectos, el poco valor a la salud mental, el poco tiempo para las actividades físicas o tiempo libre, la calidad de la educación, de la cultura o las condiciones climáticas aceleran la frustración de no tener todo el poder, todo el dinero o todo el tiempo posible.
Jalisco Cómo Vamos lo ha reportado con datos, en dos años disminuyó la satisfacción de las personas con su casa, su tiempo libre, su actividad principal, su salud y la educación escolar. La frustración está ahí, las normas sociales y la conciencia colectiva está superada. Un síntoma de esta frustración son los conflictos cotidianos, según el INEGI, en la ZMG el primer conflicto se da por la basura tirada o quemada entre vecinos, el sexto motivo de conflictos suceden en el transporte público o privado, 7% de personas declaró haber tenido un conflicto de este tipo (11.1% en Zapopan). El caso de la muerte de un joven que iba subiendo un camión nos debe movilizar hacia repensar nuestros límites como sociedad y como sistema, no podemos normalizar que un conflicto vehicular termine con una vida. Que la anomia no se vuelva costumbre, reconstruirnos y domar la frustración pasa porque todos asuman la responsabilidad, desde las condiciones laborales en las empresas hasta las políticas públicas de movilidad, de salud mental o de educación.