La batalla de Lomas de Padierna y el General Gabriel Valencia, 20 de agosto de 1847.

Ciudad de México /

Entre los enfrentamientos que se dieron a 174 años en el Valle de México, hay uno que pasa desapercibido: Lomas de Padierna. Esta batalla se libró los días 19 y 20 de agosto de 1847 y sus resultados fueron significativos para el avance estadunidense sobre la ciudad de México.

LA DEFENSA MEXICANA

El 20 de mayo de 1847, cinco días después de la entrada de los ocho mil efectivos del general Winfield Scott a Puebla, se reunieron en la ciudad de México los generales mexicanos encabezados por Nicolás Bravo; Antonio López de Santa Anna se mantuvo al margen de la junta de guerra ante una serie de desconciertos habidos por su presencia en la capital, aunque algunos militares filiales a su persona como Lino Alcorta, Manuel María Lombardini, Benito Quijano, Mariano Salas y José Tornel tomaron parte de la reunión.

El resultado fue establecer dos líneas defensivas: una perimétrica a la ciudad de México (principal) y otra en la campiña (avanzada) para evitar el conflicto intramuros y las pérdidas civiles ante algún bombardeo. Se levantaron distintas fortificaciones, destacando de sur a norte la hacienda de San Antonio, Mexicaltzingo y Peñón Viejo, por donde se pensó que llegaría la fuerza invasora. De igual manera, la Guardia Nacional, fuerza miliciana instituida el 11 de septiembre de 1846 que obligaba a todo mexicano varón entre 16 y 50 años a tomar las armas a favor de la Constitución y la defensa del país, se mantendría en las fortificaciones, mientras que las fuerzas de línea permanecerían en el casco de la ciudad y sus alrededores para asestar un golpe cuando se comprometiera un combate en aquellas.

Según las fuentes, se estimaron alrededor de 20 mil efectivos provenientes de distintas partes del centro del país, a lo que habría que sumarse las mujeres y niños que les acompañaron. El Ejército se organizó en siete brigadas de infantería que en agosto pasaron al mando inmediato de Santa Anna como general en jefe; un cuerpo de caballería al mando del general Juan Álvarez; y uno volante mixto a cargo del general Gabriel Valencia, conformado por el Ejército del Norte. Estos dos últimos contingentes se encargarían de vigilar el avance de las fuerzas invasoras desde Texcoco hasta Chalco y Chimalhuacán.

PREPARACIONES, 15-18 DE AGOSTO DE 1847

La espera se prolongó hasta agosto entre el enorme gasto económico y alimenticio que implicó el mantenimiento de las fuerzas acantonadas en el Valle de México; finalmente, el 9 de agosto de 1847, se avistó al ejército estadunidense. Contrario a los planes de los generales mexicanos, los estadunidenses no atacaron el Peñón Viejo debido a los excelentes trabajos de ingeniería militar que se realizaron, aunque mantuvieron en la mira la fortificación de Mexicaltzingo. A su vez, el grueso del ejército invasor rodeó el 15 de agosto los lagos de Chalco y Xochimilco a través de Tetelco, Tulyehualco, San Gregorio y Xochimilco hasta San Agustín de las Cuevas, centro histórico de Tlalpan.

Ese mismo día, las fuerzas militares mexicanas se desplazaron sin mayor dificultad del oriente a la hacienda de San Antonio —en las proximidades de la actual estación “Registro Federal” del tren ligero—, contando con el apoyo de los atrincheramientos de Mexicaltzingo, puente de Panzacola (actualmente calle Francisco Sosa), Xotepingo, el fortín de Dolores y del exconvento de Churubusco. Sin embargo, el poniente de la ciudad de México quedaba al descubierto y se temió que los estadunidenses alcanzaran Tacubaya, donde podrían amenazar la capital de la república, por lo que Santa Anna ordenó al general Gabriel Valencia desplazarse desde Texcoco hasta la villa de Guadalupe, Coyoacán, San Ángel y San Jerónimo, en cuyos alrededores de Lomas de Padierna escogió una elevación conocida como el Pelón Cuauhtitla para situar a los cuatro mil efectivos que integraban su fuerza.

La decisión fue criticada por distintos militares y el 17 de agosto, cuando Scott y su Estado Mayor estudiaban la mejor ruta para tomar la ciudad de México, Valencia expuso las desventajas de hallarse en Padierna, principalmente por las dificultades de maniobrar en el terreno del Pedregal. Sin embargo, se enteró aquella tarde de un enfrentamiento entre una guerrilla mexicana y un cuerpo de caballería estadunidense, lo que le dio la certeza de que las fuerzas de Scott marcharían sobre su posición, creyendo contar con una ventaja estratégica que le daría una victoria. El 18 de agosto de 1847, Valencia se negó a retirarse a Coyoacán o San Ángel y servir de apoyo en caso de que alguna fortificación fuese atacada, como le indicó Santa Anna. Su actitud se tomó como una insubordinación y éste le responsabilizó de cualquier resultado.

EL GENERAL VALENCIA

A simple vista, la decisión de Valencia se presenta como insubordinada, irresponsable y para muchos, antipatriota. Sin embargo, en el contexto de las primeras décadas del México independiente, su actuar se entiende en función de la álgida vida política de los años previos a la guerra contra Estados Unidos. México fue un país convulso como muchos otros de América Latina al momento de parir: las guerras civiles, las confrontaciones entre distintos modelos de gobierno y los albores de las luchas entre el clero y el Estado laico formaron parte de las bases de la conformación —inconclusa— de las naciones latinoamericanas.

A esto se sumó la participación de distintos contingentes militares y milicianos insatisfechos desde la consumación de Independencia y cuyas posibilidades de mejora social se vieron frustradas ante las crisis económicas e inestabilidad política de las décadas de 1830 y 1840. Además, la fragilidad de los pactos entre jefes y generales que apoyaron a una u otra facción política impidieron un verdadero compromiso para la estabilidad y transición del poder. Así, entre ellos encontramos a un Antonio López de Santa Anna y, por supuesto, a un Gabriel Valencia.

Valencia nació en la ciudad de México en 1799. Formó parte de los cuerpos de milicia provincial de Tulancingo y de México durante la revolución de independencia y se alineó con el Trigarante como teniente. Alcanzó el grado de teniente coronel en 1830 y el generalato tres años después; para 1839 ya era divisionario. Su participación en la pacificación de distintos movimientos internos le permitió su ascenso y ganar adeptos entre las filas del Ejército mexicano.

Así, en 1828 sostuvo al gobierno ante la rebelión de la Acordada; hacia 1830 participó en la llamada Guerra del Sur, la primera guerra civil de Michoacán tras la independencia, donde realizó diversas operaciones en Tierra Caliente sobre la línea de Huetamo-Cutzamala-Ajuchitlán; también sofocó la rebelión de Ignacio Escalada en la acción del Cerro de las Cruces, en julio de 1833; participó en la segunda campaña de Texas y la defensa del puerto veracruzano en 1838; sofocó la sublevación de José Urrea en 1839 en la acción de Acajete; formó parte de la revolución conocida como Regeneración Nacional, en 1841, junto a los generales Santa Anna y Mariano Paredes Arrillaga; y participó en los golpes de 1844 y 1845 en contra del Ejecutivo. Por si fuera poco, algunos de sus contemporáneos nacionales y extranjeros lo señalaron como un arribista, un sujeto carente de educación, alcohólico, jugador y “apasionado por las mujeres”; una persona totalmente deleznable.

De esta forma, Valencia fue uno de los diversos generales que se disputaron el poder en las primeras décadas independientes, ganando el favor de la tropa al interior del Ejército y estableciendo alianzas políticas entre civiles y militares. La guerra con Estados Unidos fue a sus ojos, como los de otros más, la continuación política de aquellas luchas, el escenario adecuado para perfilar sus proyectos de nación. Para la cultura militar del momento, la batalla debía debilitar en extremo las operaciones enemigas; en el mejor de los casos, su aniquilación. Además, de acuerdo con las extendidas ideas de las máximas napoleónicas (publicadas en los diarios mexicanos desde 1836), la pericia del general se debía no sólo a su conocimiento teórico de la guerra, sino sobre todo a su praxis y a su genio.

En este sentido, la experiencia de Valencia en sofocar rebeliones y sus victorias en distintas acciones como las Cruces y Acajete, le dieron la arrogante confianza para buscar enfrentarse a los yanquis para alcanzar sus objetivos políticos. Además, podría rivalizar con la fama que Santa Anna adquirió en diversos momentos contra españoles y franceses. Por ello, Valencia aceptó el riesgo de la batalla, asumiendo erróneamente, de acuerdo con el historiador Timothy Johnson, una decisión política en medio de un problema militar.

LOMAS DE PADIERNA, 19 Y 20 DE AGOSTO DE 1847

Desde mayo de 1847, la fuerza a su mando fue el Ejército del Norte, la cual estuvo conformada por militares del centro-norte del país: San Luis Potosí, Guanajuato, Michoacán, Tamaulipas, Querétaro, Aguascalientes, México y otros más. Muchos de estos sujetos fueron veteranos del primer año de la guerra que participaron em las batallas de Palo Alto, Resaca de Guerrero, Monterrey y La Angostura. Los sujetos que lo integraron provinieron sobre todo del reclutamiento forzado o leva, además de contar con material de guerra viejo y deficiente al que se le caían las piezas o reventaba la boca de cañón por la falta de limpieza que le daban los soldados.

El terreno del enfrentamiento se conoció como Lomas de Padierna, de una accidentada geografía debido a la cercanía del Ajusco y la convergencia con el Pedregal. Siguiendo el camino a San Ángel, se encontraba el rancho de Anzaldo y San Jerónimo. El Pelón Cuauhtitla, punto dominante, se levantó frente al camino de la Magdalena, donde desembocó la vereda de Peña Pobre que utilizaron los estadunidenses para desplazarse. La vertiginosa decisión de Valencia de defender Padierna impidió levantar atrincheramientos adecuados, siendo todo improvisado; además, su línea de retirada consistió en el camino carretero a San Ángel, el cual no se protegió más que con una pequeña fuerza que rápidamente fue abatida e impidió cualquier retirada organizada.

La mañana del 19 de agosto de 1847, los espías de Valencia le informaron la aproximación de una fuerza a cargo del general Gideon Pillow, la cual tomó sus posiciones en medio del pedregal y al igual que su homólogo mexicano, no esperó órdenes de su superior (Winfield Scott) y alrededor del mediodía abrió fuego con la artillería que llevaba; inmediatamente la batería mexicana respondió sin causar mayores daños. A las 3 de la tarde, otro contingente abrió fuego sobre la hacienda de San Antonio, lo que ponía en peligro la línea avanzada mexicana.

El intercambio de fuego se acompañó el resto de la tarde por un fallido asalto de la Caballería mexicana sobre el bosque al flanco izquierdo de Padierna, donde un grupo de voltigeurs (infantería ligera) hostigó a la infantería nacional, y un pequeño triunfo al frente del Pelón Cuauhtitla donde participó Jerónimo de Iturbide, primogénito de Agustín de Iturbide al grito "¡Conmigo muchachos! Mi padre es el padre de nuestra independencia!".

Sin embargo, una fuerte lluvia se desató pasadas las 7 pm, lo que impidió a las fuerzas de Valencia recibir apoyo de la 1/a Brigada que observó sus movimientos a distancia. Detenido el fuego, un par de emisarios comunicaron a Valencia las instrucciones de Santa Anna para que se retirara. Sin embargo, se negó al ver que pudo sostener la posición. Mientras tanto, Winfield Scott se enteró que una fuerza suya quedó aislada en San Jerónimo en un intento de rodear la posición mexicana, y motivado por los informes de sus ingenieros de la posibilidad de realizar una maniobra envolvente, organizó toda la madrugada el desplazamiento de distintos batallones a través del pedregal hasta San Jerónimo.

Valencia fue alertado por sus generales de la posibilidad de verse amenazados por esta fuerza —la que ignoraban que estaba atravesando el pedregal—, por lo que apenas se dispusieron vigías a espaldas del Pelón Cuauhtitla. Mientras, los soldados aguantaron las aguas sin cobijo alguno, lo que les quitó el sueño, los puso en riesgo de un grave resfrío y humedeció la pólvora. Los soldados junto a sus acompañantes quedaron vulnerables ante esa situación.

A las 5 de la mañana del 20 de agosto de 1847, la artillería enemiga abrió fuego al frente de la posición mexicana, lo que alertó a las fuerzas de Santa Anna apostadas en San Ángel. Sin embargo, antes de poder tomar posiciones, el contingente yanqui desplegado sobre San Jerónimo se encontraba preparado a espaldas del Ejército del Norte y a la señal, las tropas y voluntarios yanquis salieron de las brechas y tomaron a fuego y acero la altura. Según los testimonios, bastaron 15 minutos para que el Ejército del Norte fuera aplastado, huyendo los sobrevivientes por los acantilados a Santa Fe o tratando de abrirse camino por el puente de Anzaldo hacia San Ángel.

La carta del soldado estadunidense J. Rufus Smith describió la violencia del espacio tras el enfrentamiento: “el campo de batalla… estaba cubierto con la sangre de los heridos y muertos que yacían sobre el campo… algunos tenían una pierna, un pie, un brazo o una mano mutilados, mientras permanecían sobre el lodo temblando de frío, mendigando por un trozo de pan o un poco de agua”.

La noticia se regó como pólvora. Santa Anna y el resto de los generales mexicanos no tuvieron más opción que ordenar la retirada de la línea avanzada de San Antonio y Mexicaltzingo al casco de la ciudad de México, sosteniendo la retirada en el punto del exconvento de Churubusco, el cual sorpresivamente resistió alrededor de cuatro horas entre el esfuerzo conjunto de las guardias nacionales de la capital mexicana y del batallón de voluntarios extranjeros de San Patricio. Días después se acordaría un armisticio que terminaría el 7 de septiembre, en tanto las fuerzas mexicanas se preparaban para la última defensa.

RESULTADOS

La batalla de Padierna es el enfrentamiento más oscurecido por la memoria de las batallas en el Valle de México. Fue hasta 1873, 26 años después del enfrentamiento, cuando se presentó un proyecto para la construcción de un monumento. Sin embargo, no sería sino hasta 1897 cuando el proyecto tomó forma en el obelisco que hoy se encuentra al frente de la Escuela Héroes de Padierna, mientras que un año antes, en 1896, se trasladaron los restos de algunos de los combatientes al Panteón de Dolores. A diferencia de las conmemoraciones realizadas por algunos veteranos de guardia nacional y del Ejército en Churubusco, Molino del Rey y Chapultepec, Lomas de Padierna pasó al olvido, posiblemente por la lejanía de los hogares de aquellos que murieron en aquella loma el 20 de agosto de 1847.

Es por ello que al recordar aquellos sucesos debemos tener presente que mirar al pasado no equivale a señalar culpables. Valencia fue un hombre de su tiempo, un tiempo hostil en medio de conflictos e identidades políticas que en el hipotético escenario de serle favorable el resultado de la batalla, poco nos importaría su insubordinación. Sin embargo, su fracaso y la pérdida del conflicto permitieron valorar en su momento las convulsas realidades sociales del país, exponer lo fragmentario del poder político y militar, y la necesidad de fortalecer y reorganizar las instituciones nacionales. Así, la batalla no puede seguir pasando desapercibida a la memoria histórica del siglo XXI, cuyos resultados causaron la muerte, orfandad, viudez e invalidez de cientos de mexicanos que cayeron aquella jornada y que claman por su reconocimiento.


Hist. Carlos Arellano González


  • Carlos Arellano
  • Historiador
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