El "Efecto Benito", Cuando el reguetón se convierte en diplomacia o guerra comercial

  • La tercera de Isaac
  • Carlos Gerardo Landeros Araujo

Laguna /

Lo que ocurrió anoche en el Levi’s Stadium no fue solo un espectáculo de medio tiempo; fue el primer asalto de una negociación que no se resolverá en escenarios, sino en mesas de trabajo diplomáticas. 

Mientras los Seahawks celebraban su victoria, el "Conejo Malo" dejaba sobre la cancha un rompecabezas político que México y Latinoamérica deben saber leer antes de que la administración de Donald Trump lo use como moneda de cambio.

El presidente Trump no tardó ni diez minutos en calificar el show de Bad Bunny como “repugnante” y “una afrenta a la excelencia estadounidense”. 

La crítica es predecible, pero el trasfondo es profundo: al negarse a cantar en inglés, incluso compartiendo escenario con Lady Gaga, Benito Martínez Ocasio rompió con la tradición del performer latino que se somete para ser aceptado.

Para México, esto es "Soft Power" puro. En vísperas de la revisión del T-MEC, el mensaje es claro: la integración económica de Norteamérica ya no puede ignorar la identidad cultural. 

Si 142 millones de personas sintonizaron un show íntegramente en español, ¿con qué autoridad moral puede Washington argumentar que el bloque norteamericano debe cerrarse a la influencia del sur?

La controversia más álgida no fue el "perreo", sino el simbolismo contra el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). 

Al llevar a escena narrativas de resistencia migrante, 

Bad Bunny obligó a la audiencia más conservadora de Estados Unidos a mirar a la cara a la fuerza laboral que sostiene su economía. Sin embargo, aquí yace el riesgo para México. 

La reacción de la Casa Blanca, publicando un seco y frío "Make America Great Again" en plena transmisión, sugiere que el gobierno estadounidense usará este "choque cultural" para endurecer su postura en la frontera. 

El show del super tazón será utilizado como evidencia por los sectores más radicales para justificar políticas proteccionistas, bajo el argumento de que Estados Unidos está perdiendo su "esencia".

México debe actuar con cautela. Si bien el orgullo latino está en su punto más alto, la diplomacia requiere sangre fría. 

La presidenta Sheinbaum ha celebrado el mensaje de "unidad continental" del artista, pero los negociadores mexicanos saben que, frente a un Trump que calificó el baile como "una bofetada", la cultura ahora es un flanco abierto.

La lección del Super Bowl LX es clara: ya no existe una separación entre el entretenimiento y la política exterior. 

Bad Bunny ha demostrado que el mercado hispano es el verdadero gigante del consumo en EE. UU., pero también ha recordado que, en la era del nuevo nacionalismo estadounidense, hablar español en horario estelar es, para algunos, un acto de guerra. 

México llega a la mesa de 2026 con una moneda estable y una identidad cultural que hoy, gracias al Super Bowl, se percibe más unida que nunca. 

Bad Bunny no firmará el T-MEC, pero ha recordado a los tomadores de decisiones que, sin el músculo latino, el motor de Norteamérica simplemente no arranca.

México tiene ahora una nueva carta sobre la mesa: la innegable e imbatible influencia de su gente. 

El reto será que esa influencia no se traduzca en aranceles, sino en respeto.

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