El tema de la relación entre poder temporal y poder espiritual tiene múltiples conexiones, entre las que cabe contar la de política y religión, y la de Estado e Iglesia dice Germán Bidart Campos, el mejor constitucionalista de la segunda mitad del siglo XX de Argentina (así me lo dijo antes de una conferencia que dictó en la Universidad de Guadalajara el ex presidente Raúl Alfonsín, y agregó, “es mi rival político, pero reconozco que es el mejor, sin duda”).
Bidart Campos en su libro Lecciones elementales de política (EDIAR, 1987) explica, es bien sabido que en la edad antigua, y hasta el advenimiento del cristianismo, la religión está adscripta a la política, o sea que el Estado abarca también en su jurisdicción y en su poder la vida religiosa de los hombres. Diríamos que lo temporal y lo espiritual se hallaban confundidos en el Estado. Pero desde el cristianismo, cuyo aporte se estudia en la historia política, se deslindan y separan nítidamente dos ámbitos, dos jurisdicciones y dos poderes o potestades: lo temporal y lo espiritual.
Poder temporal equivale a poder político, a poder del Estado, a poder civil, en oposición a poder espiritual que equivale a poder religioso. El poder temporal no debe confundirse con lo material; el poder temporal se ocupa de los negocios y asuntos que hacen a la vida humana en el “tiempo”, en el mundo, abarcando muchos aspectos que no son estrictamente materiales, como la educación.
El poder espiritual se ocupa de los negocios que conciernen a la vida humana en su dimensión espiritual y religiosa, tanto en este mundo, como en relación con el fin último del hombre, más allá del tiempo y del mundo, en la vida eterna. Para la perspectiva cristiana, lo espiritual se vincula a lo sobrenatural, a lo que por mérito de la gracia, trasciende y eleva a la naturaleza humana. Cuando la nueva religión cristiana se institucionaliza en Iglesia, el poder espiritual o religioso va a ser poder de la Iglesia, separado, independiente y distinto al poder del Estado.
Para atender la vida espiritual y religiosa de los hombres, al bien religioso y a la salvación, la Iglesia tendrá una jurisdicción específica y un poder propio, no derivado del Estado, sino originario en ella misma. El gran aporte cristiano es haber establecido una división entre lo temporal y lo espiritual, que significa una limitación al Estado y un beneficio para la libertad de los hombres. El Estado no podrá ya penetrar en la conciencia y en la vida espiritual y religiosa de los individuos; ese sector que antes le pertenecía le queda sustraído definitivamente, la libertad de la conciencia religiosa del hombre frente al Estado va a ser, acaso, el primer derecho individual con que el cristianismo frenará al poder político.
Al comentar el sentido de las palabras deslindar, separar o dividir, Bidart Campos afirma, el deslinde o separación no significa divorcio ni incomunicación, por la sencilla razón de que si bien el fin y el poder propios de cada jurisdicción se individualizan recíprocamente en forma clara, los hombres a quienes ese fin atañe y a quienes cada poder se dirige, son los mismos porque forman parte del Estado y de la Iglesia.
La separación entre Iglesia y Estado ha provocado diversos conflictos bélicos, el constitucionalismo moderno y algunas encíclicas papales han definido más claramente esa relación, sin embargo, resulta preocupante que a pesar de estos avances buena parte de la humanidad sigue viviendo bajo el yugo del poder religioso mezclado con el poder político como sucede en los países en los que predomina el Islam.
El Islam sostiene que la vía directa de acceso al cielo es ganar la guerra santa, de ahí que muchos musulmanes, inspirados en el Corán y siguiendo las consignas de sus líderes religiosos, tengan como el objetivo de sus vidas exterminar a los cristianos y destruir la cultura occidental.
Es alarmante que la organización mundial de naciones no haya podido frenar a quienes azuzan a los terroristas que se inmolan para provocar muertes masivas y a los fundamentalistas que fomentan el odio entre las civilizaciones, y que hasta ahora nadie haya podido frenarlos en sus conquistas territoriales, mucho menos el adoctrinamiento radical que reciben millones de jóvenes para luchar en la guerra santa en contra de los países occidentales.
Aplicar de manera indistinta el Corán y la Sharia (especie de constitución o ley universal que guía los actos del poder temporal en los países musulmanes) es una muestra del ejercicio del poder político con fines religiosos en el mundo musulmán, lo que constituye la mayor amenaza a nuestro sistema de vida.
csepulveda108@gmail.com