Dando continuidad a mi anterior colaboración y siguiendo los días, nos encontramos en lo cotidiano con las noticias del otro lado de la moneda, lo contrario de lo que hemos conversado en las anteriores colaboraciones referentes a la importancia de los valores en la vida de las personas. Muchos creemos firmemente que estos son el combustible imprescindible para la convivencia en armonía que necesitan las comunidades para compartir lo mejor de uno, entre todos. Sin embargo, baste dar una “paseo” por los noticieros de la tele o la radio, en cualquier estación, para darnos vista de la realidad del otro lado. Y quiero aclarar que fuera de cualquier sesgo político o ideológico, se puede sentir y saber que las cosas no andan bien.
Al ver las atrocidades que hacen unos contra otros, mi primera reacción emocional es de misericordia, primero con las víctimas, y las secuelas que existe en sus familias lastimadas. Seguida de compasión por los victimarios, y obviamente no por la propia realización de un acto de violencia en contra de otras personas, sino por la historia de vida que llevó a ciertos seres a tener actos de violencia por completo salvajes e inhumanos, en los que nuestras sociedades apenas tienen un suspiro de temor o lástima por los acontecimientos.
Es evidente que en nuestras sociedades se ha ido desarrollando una capa que con el paso del tiempo se va ensanchando hasta aislarnos de la realidad “real”, y fortaleciendo, como una capa de colesterol, hacia una realidad virtual, en la que su pronóstico indudable será el infarto al miocardio social en algún momento no lejano.
Es difícil decir con exactitud cuál es la solución a esta situación, por demás compleja, pero considero con plena convicción que es y por siempre será, como paso inicial, la formación en la familia; trasladar, a los que nos siguen, lo que nuestros antes nos legaron como columna vertebral de convivencia y armonía con los nuestros y los otros: sin lugar a dudas, la educación y trasmisión de los valores.
Quiero dar por terminado este encuentro que tenemos cada semana, citando de Ángeles Mastretta un párrafo de su libro La emoción de las cosas: “Los enseñamos a lavarse los dientes y a dar las gracias, a no enturbiar la vida de los otros, a tener entre sus causas la esperanza y entre sus deberes la generosidad”… lo inicial para construir un mundo mejor.