Entre el derecho y la ética

Estado de México /
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Estoy lejos de sumarme a la andanada que se ha establecido desde círculos oficialistas en contra de nuestra Universidad Nacional Autónoma de México desde hace tiempo, en absoluto.

La UNAM ha sido el semillero donde se han formado los profesionistas que han construido y reproducido el conocimiento en todas las disciplinas, contribuyendo a la construcción de este nuestro país, por ello y por otras tantas razones más, hay que defenderla y protegerla… hasta de sí misma.

Me explico:

Como resultado de la revolución mexicana, y sus consecuentes gobiernos, la educación superior es prácticamente gratuita (25 centavos la cuota semestral), ello contribuye a la movilidad social, el acceso a la educación profesional y a mejorar las condiciones de vida de generaciones.

En este contexto, les comparto una reflexión; el lindero que se encuentra entre el derecho y la ética.

Pienso que es una línea muy delgada en la que estos conceptos se entrelazan, y dan certeza de transparencia y honradez de quienes saben conservarlos como garantía, a quienes les importa que prevalezcan en cualquier trato entre personas y, si hablamos de instituciones, con mayor razón. Ejecutarlas al unísono es signo de orgullo e integridad, valor este último tan escaso en la vida nacional.

Me refiero al vergonzoso hecho de las anomalías que se evidenciaron en el último examen de admisión a la UNAM. Considero que lo de menos fue la falta de eficiencia de la empresa que organizó el examen, la auditoría que ordenó la Rectoría se encargará de investigar, me refiero a la evidencia brutal que significa el resultado, que motiva a realizar otro examen a los aspirantes.

Los resultados tan anómalos hicieron evidente el signo constante en nuestro país: la trampa, aquello que se va conformando como un sello distintivo de amplios sectores de nuestra sociedad, al establecer caminos torcidos para lograr brincarse los requisitos y llegar al beneficio deseado, aún y a costa de saberse un farsante.

Lamentablemente en ciertos sectores el tramposo es silenciosamente admirado por haber evadido “inteligentemente” los filtros que garantizan el acceso de todos, a partir de su capacidad y conocimiento.

Pero este vergonzoso hecho desnuda no sólo a la Universidad, sino a los jóvenes que serán en el futuro los médicos, los abogados, los ingenieros que atenderán a otros mexicanos, y su práctica profesional estará permanentemente oscilando entre el derecho y la ética, pero de origen ya tomaron posición, entre la trampa y la decencia.

¿Cómo resolverán este dilema con ellos mismos?


  • Carolina Monroy
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