Inicio mi colaboración de este día haciendo un reconocimiento a la libertad que me ha brindado mi casa editorial durante varios años, el Diario MILENIO, para expresar planteamientos, comentarios y mi visión sobre temas eminentemente humanos, siempre con la intención de sembrar una idea que propicie en mis lectores un pensamiento que lleve a la reflexión.
En este tiempo me he propuesto soslayar los temas puramente políticos, no por otra razón más que la de la prudencia, porque he estimado que en este momento el intercambio de ideas se violenta fácilmente debido al grado de polarización que tiene la conversación pública en México, y tal vez en todo el mundo.
Tengo la convicción de que esto no será permanente, que más temprano que tarde las aguas llegarán al nivel del diálogo constructivo y edificante de la armonía que nuestras sociedades necesitan y, en algunos casos, exigen.
En este sentido, y haciendo una excepción, hoy comparto con ustedes, amables lectoras y lectores, las razones que me han llevado a renunciar a una militancia de varias décadas en el Partido Revolucionario Institucional.
He decidió hacerlo público por congruencia personal y con quienes escuchan mi voz.
Fui formada por personas entrañables en la historia de mi vida, y después, por hombres y mujeres que dedicaron su vida a la construcción de la historia, desde el idealismo por un México justo, libre y democrático; esos personajes, algunos públicos y otros trabajando en lo cotidiano lejos de la estridencia de lo inmediato, con su labor forjaron las mentes de cientos de miles de servidores públicos que tenían como motivo de vida servir a otros, esencialmente servir.
Durante muchos años encontré en ese instituto político la caja de resonancia del intercambio de las ideas, la plena libertad de acción y voces que llamaban al compromiso y la decencia como razón principal de “hacer política”, algo que hoy es muy raro en el escenario de la política nacional.
En ese marco construí mi propio camino, que me llevó a servir a mis paisanas y paisanos con honestidad, pasión y orgullo.
Hoy ahí, en ese instituto, ya no existe lugar para personas como yo, y las necesidades de la Patria son otras y muy urgentes, ante las cuales los titubeos, la mentira y el engaño no pueden seguir definiendo el futuro de millones de mexicanos sin que hagamos algo.
Esa es la principal razón que me lleva a buscar un lugar donde impere el esfuerzo, el idealismo y la emoción colectiva por reconstruir nuestro México, un espacio en el que la independencia, la libertad y la decencia sean la posibilidad de volver a mirarnos a los ojos; un espacio en el que tengamos millones de hojas en blanco para que cada ciudadana, cada ciudadano, pueda escribir la historia de su futuro, sin miedo, sin vergüenza, sin temor por el mañana.
Me conforta saber que ese sueño de país lo compartimos cientos de miles que silenciosamente estamos preparando la reconstrucción de la conciencia moral de la patria, para que el día de mañana podamos mirar a los nuestros con la frente en alto, reconociéndonos en el hecho de que todos Somos México para todas y todo