En mi historia de vida, los valores han sido la columna vertebral de mis decires y quehaceres, y a partir de ellos mi interacción en todas mis actividades, públicas o privadas, están regidas por los límites que estos me señalan. Lo menciono porque me pregunto qué está ocurriendo en nuestro país, en nuestras ciudades, en aquello pueblos en los que antes la vida era mucho más tranquila y segura.
Basta ver un poco los noticieros para enterarnos de las atrocidades que se cometen en contra de cualquiera, incluyendo personas mayores, mujeres y niños.
Antes estos sectores de población tenían un halo de respeto y hasta cierto punto de protección; difícilmente se escuchaba o documentaba que eran víctimas de algún ilícito con signos de violencia extrema. No significa que no admita que ello ha existido siempre, en absoluto, pero digo que ahora se exhibe más este fenómeno en los medios de comunicación, y me parece que es un síntoma de la enfermedad que esta carcomiendo el sistema de valores de nuestro pueblo.
No se necesita ser socióloga para comprender que el diagnóstico de esta enfermedad se remite a diversos factores: la desintegración de las familias, el acelerado acceso a medios de comunicación digital que, sin regulación, exhiben imágenes e historias contrarias a los valores mexicanos, la caracterización de éxito social a partir del consumo de bienes superfluos, en fin.
En este contexto considero que han sido sustituidos el esfuerzo y el trabajo como medios de desarrollo personal y bienestar, por la acumulación de bienes de lujo como signo inequívoco de éxito personal.
Cambió la escala de valores.
Esto es mala señal, porque el camino para regresar a la comunidad social de valores que propicie una armoniosa y sana convivencia, pareciera que no es retomado por las instancias que son responsables de contribuir con sus acciones al bienestar de la población toda.
Baste ver los últimos acontecimientos que se han presentado en la escena nacional, los requerimientos provenientes del exterior cuestionan la probidad de quienes debieran velar por el estado de derecho, la soberanía de las comunidades en sus territorios y la paz social de los mexicanos.
Desde luego que, en la tarea de reconstruir el tejido social, todos tenemos un papel en el cual intervenir, una tarea, no solo las instancias de gobierno son las que deberán de esforzarse por sanear las causas de esta metástasis social que estamos viviendo.
Pero, eso sí, estas son las que tienen el poder para hacerlo