Decíamos en la anterior entrega sobre el ambiente de convulsión que nos recibe en este año que inicia, en el que la inestabilidad e incertidumbre se deslizan por los recovecos de nuestras vidas, en la que las circunstancias nos hacen sentir temerosos y vulnerables frente al embate de otros, en lo que parece que nada está en nuestro control, que son otros los que deciden nuestro andar, y sobre el significado de nuestras vidas, que son protegidas en nuestro hogar y con los nuestros.
Vivimos en sociedades que están tremendamente comunicadas, los medios son la sombra de cada uno de nosotros y, en momentos de descuido, pretenden ser hasta nuestra conciencia que nos dicte la forma de pensar, actuar y elegir, y en su desarrollo olvidamos que detrás de cada twit, cada vista u opinión en Face hay una persona o grupo con intereses particulares, que no siempre son de buena fe.
Las noticias dan cuenta del acontecer cotidiano y nos recuerdan la fragilidad del concepto primigenio de vida, que se puede perder en un suspiro de muerte. Pensará usted, querido lector, que al tomar conciencia las personas asumimos que nuestro paso por este mundo es finito, sin lugar a dudas sabemos que en cualquier momento puede ocurrir, sin embargo, esta certeza se convierte por momentos en incertidumbre, ya que en cualquier momento y lugar uno puede ser víctima directa de la violencia que está presente en el entorno social, puede que sí como puede que no, y si las circunstancias son favorables, como en la mayoría de los casos quizá no se esté en algún perímetro de riesgo, sin embargo, somos todos víctimas de la incertidumbre, que es la antesala del monstruo que domina los corazones de las personas: el miedo.
Estoy completamente lejos de pretender crear una psicosis en mis lectores, sin embargo, es una realidad que no pide permiso, y mucho menos es acusatoria. Es una realidad en la que todos tenemos un papel que desempeñar para resolverlo, pues vivimos en sociedad.
Frente a este escenario falto de claridad, sé que no todo es oscuridad, pues dice la sabiduría popular que la parte más oscura de la noche es el preludio del amanecer.
Tengo la firme convicción de que cada gesto humano, cada palabra que apuesta por la dignidad, en cada acto de conciencia, es una pequeña luz anunciando el amanecer.
También de que somos un haz de luz.