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Estamos de lleno en la realidad total. Se acabó el mundial y el disfrute de la alegría, la camaradería, los buenos deseos y las extravagancias callejeras han concluido con una final que merecía mejores jugadas. Entre vítores estruendosos e ídolos caídos, el mundial concluyó y el intento de Infantino de consolidar un negocio multilateral, en el que prive el dinero como esencia del deporte, aún no concluye, pues de hecho indica una ruta turbulenta de avatares por vencer… deseo que prevalezca la mesura y la decencia a la hora de decidir.

Sin embargo, y pese a todo, la normalidad ha ido tomando poco a poco las formas que estaban durante el mundial, y muchos de los hechos que presenciamos en las ciudades sedes de nuestro país han ido consolidándose como auténtica “leyenda urbana”. Creo que sólo en México existieron equipos jugadores paralelos: en la cancha oficial, donde se jugaron las posiciones, y en las calles, donde la afición se alineó para festejar, incluso no solo al equipo nacional, sino a aquellos que despertaron nuestro sentido de solidaridad deportiva.

Fueron, en muchos de los casos, encuentros épicos, en los que los equipos se enfrentaron como gladiadores por el triunfo, y mientras, en las calles la ciudad detonaba en cualquier resquicio que exigiera la presencia de más de dos. En estos encuentros inmediatos hubo expresiones indistintas de fraternidad, amistad, empatía y profunda alegría, sí, por el desempeño de los jugadores del equipo nacional, pero también por el disfrute de estar juntos.

Junto con los amigos del barrio o la oficina, con los compañeros de la escuela o de la fábrica, juntarnos con la “bolita” de la secundaria, o con los del turno vespertino de la prepa. El chiste y el gozo fue celebrar entre todos el partido de futbol, el esfuerzo del equipo favorito y la posibilidad de confirmar el sí se puede.

Todo lo amalgamó el furor deportivo, pero sin ese adhesivo que significa la amistad, la real o la momentánea, hubiera sido complicado caminar junto a tanta gente, gritar y brincar, celebrando al unísono la emoción y el coraje de seguir adelante.

Se acabó el mundial, pero creo, dentro de tantas enseñanzas que dejó, que trascendiendo ficticias divisiones y construyendo nuevos puentes de acercamiento, la amistad nos llevó al encuentro de nuevas caras, limpios rostros de nosotros mismos.

Así también somos, la gente luminosa de estas tierras.


  • Carolina Monroy
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