Ni hablar del peluquín

  • Malas compañías
  • Celeste Ramírez

Ciudad de México /

El bisoñé o peluquín es un extraño adminículo que algunos señores –en pleno siglo XXI- insisten en usar como una oda fallida y nostálgica por aquello que ya no existe: su cabello.

Dicen los blogs especializados que el uso de éste (también conocido como toupée o tupé), "se intensificó a comienzos de 1800 en EEUU y parte de Europa cuando la percepción de la edad comenzó a cobrar importancia".

Pero fue a partir de 1950 cuando grandes campañas publicitarias y su uso masivo consagran al tupé como la única solución patente contra la calvicie. (El último pelo).

Desde 1970 su uso disminuyo y el avance dio paso a la tecnología para manipular el crecimiento y devolver vigor a la cabellera a través de injertos y cultivos; algunos con medianos resultados, otros con una desmedida artificialidad.

Al bisoñé (o prótesis capilar) se le conoce también como peluquín, postizo, añadido, periquillo, perico, casquete, peluca, mechón, penacho y hairpiece. Y de manera en extremo coloquial: gato muerto o ardilla. (Es obvio por la semejanza al pelaje y porque a veces cobran vida y andan bailoteando en la testa del caballero en cuestión).

Los blogs especializados consideran el uso del bisoñé como "un suicidio estético", mientras que los expertos en imagen política afirman que alguien que disfraza su alopecia, regularmente provoca una percepción negativa frente al público.

Hace unos días la escritora Elena Poniatowska posteó en su perfil de Facebook: "Es imposible que Donald Trump tenga autoridad ninguna con ese peinado que se hace".

Y el escritor José Luis Herrera Arciniega opinó al respecto que "no puedes confiar en alguien que no asume con naturalidad su calvicie".

Han calado hondo las declaraciones sobre los mexicanos que ha expresado este hombre, conocido también por sus reiterados escándalos, quiebres de negocios; por ser el ex marido de Ivanna y Marla. Y, por supuesto, por su artificial tupé.

Es preciso aclarar que en esta bien peinada columna, el único chuchuluco que se respeta es el que porta con garbo el toluqueñísimo Memo Ríos: ¡Aplausos!

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