Nadie puede frenarlo: lo que sigue es Cuba

Ciudad de México /

Lo que sigue es Cuba. Tras la intervención de Estados Unidos en Venezuela y la reconfiguración de su industria energética, México pasó a ocupar un papel central como proveedor de hidrocarburos para Cuba. En este contexto, el lunes Donald Trump aseguró que México suspendería también los envíos de petróleo a la isla, en medio de un endurecimiento de la presión estadounidense. El gobierno mexicano respondió este miércoles que los contratos petroleros con Cuba continúan vigentes, aunque reconoció que analiza mecanismos alternativos de apoyo para evitar que el país se vea afectado por posibles aranceles impuestos por Estados Unidos.

Estas declaraciones se producen luego de que Trump calificara a Cuba como una “amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad nacional estadounidense y advirtiera sobre la imposición de sanciones comerciales adicionales a los países que continúen suministrando petróleo al gobierno cubano. El objetivo es inequívoco: avanzar hacia un cerco económico destinado a asfixiar a la isla de forma inmediata, contundente y total.

Pasado el 3 de enero, llegó la hora de la presión sobre Cuba. Pero, al mismo tiempo, es la hora de las presiones sobre México, Argentina, Brasil, Colombia y la lista podría continuar. Las presiones adoptan distintas formas —económicas, electorales, diplomáticas, militares— y el escenario para nuestra región no puede ser más preocupante. Si 2025 estuvo marcado por la incertidumbre, 2026 trae una certeza clara: nadie puede frenarlo.

Tres cosas: nada, nada y nada.

La otra cara del asunto es nuestra creciente debilidad regional. Estados Unidos actúa hoy precisamente en un contexto en el que la polarización vuelve imposible la construcción de una posición nacional o regional unificada. La fragmentación, tanto externa como interna, ha facilitado el ejercicio del poder estadounidense.

Al interior de cada país, las sociedades están profundamente divididas, los sistemas políticos se encuentran tensionados y el hartazgo de la ciudadanía frente a sus gobernantes es cada vez más evidente. En varios de estos países gobierna la derecha radical; y allí donde gobiernan los progresismos, las oposiciones celebran o legitiman la presión externa cuando esta favorece su disputa política interna. De este modo, la polarización doméstica de cada país se convierte en una condición de posibilidad para la dominación estadounidense.

¿Y qué hacen los progresismos de la región? Cada uno está cuidando lo suyo. Lula da Silva se ocupa de Brasil: este año hay elecciones y está concentrado en la campaña, en la que él mismo busca la reelección. Gustavo Petro se ocupa de Colombia, que también enfrenta elecciones presidenciales este año, y apuesta a profundizar la polarización -parece que los cálculos internos indican que esa estrategia lo favorece-. Por su parte, Claudia Sheinbaum está concentrada en México, un país atravesado simultáneamente por múltiples frentes abiertos, tanto de política interna como externa.

Esto da como resultado una incapacidad de articular algún tipo de límite compartido frente al despliegue del poder estadounidense. Quizás para algunos sea difícil decirlo en voz alta pero: el 3 de enero pasó y nadie hizo nada. Decía Petro en diciembre: “Yo soy presidente de la Celac y les quiero decir que a estas alturas ser presidente de la Celac sirve para tres cosas: para nada, para nada y para nada”, retratando fielmente la utilidad de los organismos de coordinación regional actuales.

Esto da como resultado una relación asimétrica llevada al extremo, donde cada país responde de manera aislada, defensiva y condicionada por sus propias fragilidades internas. La gran paradoja es evidente, los tiempos de intervención más explícitos de las últimas décadas ocurren cuando América Latina tiene nulas capacidades para responder coordinadamente. Mientras tanto, la única articulación transnacional que parece por ahora ser efectiva es la del campo contrario: una derecha radical que se alimenta desde Miami.


  • Celeste Tossolini
  • Maestra en Ciencia Política del CIDE.
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