A 40 años del CEU 1/2

  • Tiempos interesantes
  • César Romero

Ciudad de México /
Únete al canal de Milenio

De cara a los 40 años de creación del Consejo Estudiantil Universitario de la UNAM vale la pena recordar lo que le contaba Henry Kissinger sobre su visita a China en 1972 para preparar el encuentro entre Richard Nixon y Mao Zeodong. En charla con el premier Zhou Elai le preguntó su opinión sobre el impacto de la Revolución Francesa (de casi 200 años atrás) en el mundo moderno y como respuesta obtuvo un “too early to say”.

Desde la visión de una Universidad de casi medio milenio lo mismo se podría decir sobre lo ocurrido hace cuatro décadas: aquellas revueltas que comenzaron como un vehemente rechazo al diagnóstico “Fortalezas y Debilidades” del rector Jorge Carpizo, el intenso “diálogo público” ente estudiantes y autoridades y la breve huelga universitaria en defensa de un modelo de universidad autónoma, pública y gratuita.

Podría ser “demasiado pronto” para conclusiones definitivas. Sin embargo, para quienes vivimos aquella intensa participación estudiantil, la historia del CEU sí constituye un referente importante de nuestras vidas.

Se trata de la generación que incluye a Claudia Sheimbaum, la presidenta de la República, una parte de sus más cercanos, también a intelectuales, periodistas y múltiples personajes de la clase política actual.

Cierto que La Historia la escriben los vencedores. El proceso de transformar memoria en ideología lo vi hace poco en el zócalo de la CdMx, durante la presentación del espectacular video-mapping que celebra los 700 años de la fundación de nuestro país.

“La privatización toca a la puerta de la Universidad Nacional en 1987. Una nueva generación de estudiantes recupera el Zócalo para la protesta y logra evitar las cuotas en la Universidad Nacional” (minuto 59 del guion Memoria Luminosa, de Argel Gómez Concheiro).

Tanto con aquellos “Diálogos públicos” de finales de 1986 que transmitió Radio UNAM con diez funcionarios universitarios versus diez estudiantes, como con el “Congreso Universitario Resolutivo”, se comenzó a tejer el relato del triunfo moral de “los estudiantes del 68 y sus hijos del 87”.

Estructurado en torno a un liderazgo de tres cabezas –Carlos Imaz, Antonio Santos e Imanol Ordorika--, aquella historia de ninguna manera puede tener copyright de “los históricos”, pues en la vida real fuimos muchísimos más quienes hicimos nuestro aquel movimiento que, al menos, nos enseñó a pensar por nosotros mismos.

Ellos –la cúpula del CEU—, luego del levantamiento de la huelga, casi en automático se sumaron a la causa de Cuauhtémoc Cárdenas (que luego fue la de López Obrador) y al hacerlo dejaron pasar su oportunidad de “institucionalizar” un movimiento estudiantil y –afortunadamente, pues no emularon los pasos de la Federación de Estudiantes de Guadalajara. Nosotros, los demás, nos quedamos con experiencias extraordinarias: las emociones de un par de marchas al zócalo, la aventura de una huelga de dos semanas, las interminables discusiones y la construcción de sueños nuevos.

Aunque una de las consecuencias no deseadas del salto de aquella generación de ceuistas a la política-política fue que el Congreso de mayo de 1990, el cual fue todo, menos resolutivo. Y luego, indirectamente, ante la especie de vacío interno, llegó la desastrosa huelga universitaria de nueve meses de 1990-2000, la cual ha sido casi borrada de la nueva memoria oficial.

Construido como una respuesta social de rechazo al modelo de “excelencia académica” patrocinado por el mismísimo Carlos Salinas de Gortari (aún no era presidente pero ya lidereaba al oficialismo) y a ese maldito proyecto neoliberal que hoy hasta Trump dice repudiar, el movimiento del CEU marcó el despertar cívico de mi generación.

Como lo recuerdo, el movimiento del CEU fue un intenso ejercicio de libertad personal. Sin embargo sería pecar de ingenuidad, o lo que le sigue, ignorar que buena parte de los decenas o cientos de sus integrantes más activos venían de algún tipo de militancia más o menos profesionalizada.

Confrontados con lo que recuerdo como una “derecha universitaria” acartonada y mediocre, la parte más viva de aquel movimiento se vivió hacia su interior. Era un mar de siglas. Aún tengo en la memoria un “pc (por “punto crítico” y no por partido comunista), un map, un prt, un mar, un mas (sin acento), una cru, la ultra… Además, incluían “pescados”, convergencia comunista, corriente en lucha, “troskos”, “hebertos”, entre otras etiquetas de identidad política.

Sea porque las revoluciones son casi siempre violentas –digamos Francia a finales del siglo XVIII--, una de las etapas más intensas de una insurgencia suele estar en las decapitaciones al interior del movimiento. Quizás por ello un elemento central de la vida de aquel CEU fue la permanente y salvaje lucha por el control de las “mesas de coordinación” de las maratónicas asambleas estudiantiles. De ahí es de donde más recuerdo a nuestra actual presidenta de la República.


Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite