Aprender a ganar

  • Tiempos interesantes
  • César Romero

Ciudad de México /

Sin duda alguna, el tema es importante y de raíces profundas. Materia para antropólogos, historiadores y charlatanes, en el caso de México el estudio de la victoria ha sido más abordado por su contrario, el fracaso. La nuestra es “la visión de los vencidos”, durante siglos, sino milenios, nuestro pueblo ha conocido sufrimiento y derrota.

De Octavio Paz y Lorenzo Meyer al Samuel Ramos de 1934 en su “El Perfil del Hombre y la Cultura en México, la reflexión primaria se remota al momento de La Conquista, cuando los españoles –“ellos”--, llegaron con la espada en una mano y la cruz en la otra a saquear y matar a los pueblos originarios, “nosotros”.

La negación del mestizaje como una especie de pecado original que a lo largo del tiempo ha dejado un rastro amplio y sangriento: las cabezas de nuestros padres de la patria colgadas en las cuatro esquinas de la Alhóndiga de Granaditas, nuestra independencia nacional consumada por un personaje que traicionó su causa para declarase emperador, la invasión de 1846-47 que nos arrebató la mitad del territorio nacional, una revolución en la que sus protagonistas terminaron matándose unos a otros. La derrota como eje del destino.

Venimos del rosario de fracasos, traiciones y tragedias que sirven de guion a una narrativa política según la cual la legitimidad suprema viene de la asociación discursiva con “Los de Abajo”, los “Hijos de Sánchez”, los débiles. Según ese cuento, podemos tener un pueblo pobre, ignorante y mal comido que, sin embargo, es capaz de ser “feliz, feliz” con la fiesta anual de su iglesia, el tronido de los cuetes y una botella de alcohol barato.

Contrapuesto al estereotipo del optimismo soso de otras naciones, por ejemplo los vecinos del norte, nuestro modelo ha sido un pesimismo que, tarde o temprano, convertimos en realidad. Del “hago televisión para los jodidos” del Tigre Azcárraga, al “por el bien de todos…” (“que regrese el primer Trump”) del Peje, el discurso plañidero siempre ha estado ahí.

Quienes crecimos con las escenas de la película de Pepe el Toro y el llanto a moco tendido de La Chachita, los melodramas de la Época de Oro del Cine Mexicano, o la fascinación con el chavo que vivía dentro de un barril, o incluso los que tenemos en el “Canta y no llores” nuestro segundo himno nacional, sabemos muy bien que la derrota es inevitable.

Pero no somos todos. El corte generacional es clarísimo. De la cantaleta de “los ratones verdes”, el “jugamos como nunca y perdimos como siempre”, llegamos al siglo XXI con el imposible campeonato mundial de futbol juvenil sub-17 del 2005 en el que México se coronó con un contundente 3-0 contra Brasil.

Desde ese contexto llegamos al “y si sí” actual. A pesar del estruendo mediático en torno al fenómeno futbolero–cerca de la mitad del contenido de los medios ha sido sobre El Mundial y la selección mexicana--, el tema resulta bastante simple de comprender.

En lo estrictamente deportivo no es mucho lo que se ha logrado hasta el momento. Los 9 puntos obtenidos (seis goles a favor y cero en contra en tres partidos) son producto de un equipo bien armado, disciplinado y muchísimo esfuerzo físico. Pero sin magia, sin relación alguna con el modelo francés (en el torneo juegan 96 futbolistas nacidos en Francia). A pesar de las ventajas de la condición de “anfitrión” (parcial), sigue siendo muy poco probable que México gane el campeonato.

Eso sí, para la FIFA se perfila un éxito total. Estadios llenos, audiencias máximas, los cuatro cuartos y su comercialización (cervezas y casas de apuesta por delante), así como un buen espectáculo en la mayoría de los 68 partidos realizados hasta hoy.

Lo cual es lo de menos. Desde una perspectiva social, lo alcanzado hasta ahora nos deja poco más que una efímera felicidad veraniega. Difícil saber si el spin sobre la “unidad nacional” se convertirá en una narrativa nacional ganadora. Algo --así nos educaron-- “ajeno al ADN nacional”.

Mucho más relevante es la voluntad de celebración demostrada en las calles y plazas públicas de todo el país. Primero lo obvio: en la inmensa mayoría de los casos se trata de gente joven, la mayoría no vivió la experiencia de México como sede de los Mundiales de 1970 ni en 1986. Los más, ni siquiera habían nacido. Segundo, celebrar y ganar no son la misma cosa, pero hay momentos en que eso no importa.

Más allá del fatalismo histórico con que nos formamos, la maquinaria de la propaganda y quizás la energía de una nueva generación hará hasta lo imposible por vendernos una “hazaña histórica”, pero recordemos que “el pueblo no es tonto”. Es como querer definir a una sociedad por sus cicatrices de hace medio milenio; algo bastante inútil.

Aparte de lo que pudiera decir Elías Canetti en “Masa y Poder” (1961), las ganas de celebrar siguen a flor de piel. La necesidad de festejar es enorme. Probablemente mayor que el hambre de gol en la cancha. Mientras tanto, en calles y plazas, entre protestas, festejos y un pato, la historia nueva se sigue construyendo.


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