Por alguna maldita razón, suena en todo el lugar una canción de Amanda Miguel o de Lupita D'Alessio. En la “sala de prensa” la mayor parte de los espacios de trabajo los ocupan funcionarios menores del partido en el poder. Los que traen el sobre “con los atentos saludos del señor gobernador”, intercambian bromas con los “periodistas” que ya reciclaron el boletín oficial y lo enviaron como “su nota” a sus respectivos medios. En vasitos de plástico comienza la celebración.
Pasmado ante una hoja de papel bond colocada dentro del carrete de una máquina de escribir, intento comenzar mi texto.
Eso fue en el comienzo; digamos hace 40 años. Hoy todo sucede al mismo tiempo y en un mismo lugar, las pantallitas de los celulares. Entonces nos ganaba la retórica, ahora 17 gobiernos de Las Américas se reúnen en un club de golf de Florida para anunciar una coalición militar para destruir a los narcoterroristas en su epicentro: México. Hoy nos dice la Presidenta “con A” que no hay que angustiarse porque “tenemos un entendimiento” con el señor Trump.
“¡Ah!”, respiro con alivio… que dura un par de días hasta la nueva arremetida del Bully en jefe.
Los mexicanos, al menos los que venimos del siglo pasado, fuimos educados a partir de un rancio y generalmente hueco nacionalismo patriotero que rechaza cualquier tipo de intervención extranjera en nuestro país. Después de todo, “…un soldado en cada hijo te dio”.
Para quienes ejercimos el periodismo tecleando en máquinas de “tracción animal” (un par de dedos de cada mano) y que para enviar nuestra información usábamos teléfonos públicos de monedas de a 20 centavos, es algo que sabemos desde siempre: nuestro gobierno se encuentra infiltrado por las mafias criminales.
Los datos duros están ahí:
(1) Los niveles de inseguridad hacen de la nuestra región la más violenta del mundo. Sí, somos “el epicentro” de la violencia criminal.
(2) Tenemos un país en el que los grandes capos han sido referentes aspiracionales de varias generaciones de jóvenes sin esperanza; de ahí el clásico “prefiero vivir un año de pie que 20 de rodillas”. Las raíces de la corrupción son tan profundas como la Conquista misma. Sí, ellos gobiernan, o casi.
(3) Los altísimos niveles de impunidad son una realidad únicamente comprensible desde el reconocimiento de la complicidades de las autoridades.
Todo eso lo entiendo. Estoy consciente también de que en nuestra historia nacional ya hemos padecido la intervención de militares extranjeros en varias ocasiones. Sobre las encuestas que prometen un virulento rechazo masivo ante una nueva aventura guerrera desde el norte, yo tampoco las creo.
El punto, en esta ocasión, es bastante sencillo: reconociendo que el viejo sistema político (aún en su versión reciclada) ha sido cómplice de los criminales, pensar que ahora lo que nos caerán del cielo será una lluvia de drones y fuerzas de guerra que vendrán a “liberar y purificar” nuestro país, me provoca nauseas o un ataque de risa (según la hora del día).
Creo entender que la narrativa de nuestro gobierno está atrapada entre dos fuerzas enormes: el peso de la realidad económica que hace de nuestro país una especie de complemento de la gran economía de Norteamérica y una vieja retórica ideológica en la que desde Don Porfirio Díaz cultivamos un necesario y ruidoso nacionalismo defensivo ante la poderosa influencia del imperio vecino.
Me parece bastante claro, también, que al señor Trump le importa un cacahuate el interés y bienestar de México y su gente. El narcotráfico es un gran negocio y lo que busca es que lo controlen intereses estadounidenses. Lo que busca, creo, son imágenes de acción para los noticieros y plataformas que le ayuden a seguir engañando a sus propias bases en las elecciones de noviembre. Supongo que las conseguirá.