Cambiar las Ruedas de un Tren en Marcha

  • Tiempos interesantes
  • César Romero

Ciudad de México /

Era otro México. 5 de febrero de 1978. El Teatro de la República, en Querétaro, a reventar. Todos los poderes, formales y fácticos, alineados con la voluntad del Presidente José López Portillo. El encargado del discurso central en la ceremonia oficial por el 61 Aniversario de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos es Jesús Reyes Heroles.

En un país que ya se frotaba las manos para “administrar la abundancia” que vendría con el boom petrolero, el secretario de Gobernación, don Jesús, presenta el proyecto gubernamental más importante del régimen: La Reforma Política. “Avanzamos en la democracia, perfeccionándola o retrocedemos”.

Interrumpido una y otra vez por las carretadas de aplausos propias de la vieja liturgia del poder, el hombre fuerte de JLP cita a cita Karl Mannheim, sociólogo húngaro:

“Reforma Administrativa y Reforma política son de aquellas que reconstruyen una sociedad y en que, de un modo figurado, se ha dicho que más que reconstruir una casa sobre sus cimientos, reponen las ruedas de un tren mientras está en marcha”.

Hasta ahí la memoria.

Casi medio siglo después resulta más que obvia la metáfora sobre el desafío de sustituir siquiera un par ruedas del tren y su eje –también llamado boje o bojíe--, era y sigue siendo, simplemente imposible. Entonces el tema era legitimidad del sistema; hoy lo es la propia legalidad del país.

Cierto que en medio siglo algo avanzamos en inclusión y alternancia política. Pero ahora los nuevos retos son mucho mayores; “narcopolítica” primero y luego “narcoterrorismo”.

La historia nos volvió a alcanzar y el gobierno en turno, el de la Cuarta Transformación, enfrenta los embates de la enorme maquinaria propagandística, judicial y eventualmente bélica de nuestro némesis favorito, el imperialismo yanqui.

Aquí no se trata de definir si es verdadero o falso el torrente de acusaciones contra gobernadores, secretarios de estado y grandes figuras de Morena; los que ya fueron acusados y los que vienen. Tampoco si dichos señalamientos son exclusivamente válidos contra políticos del partido oficial. Aquí el punto es subrayar el hecho de que dicha ofensiva es real. Y en ese contexto muy poco ayudan al gobierno mexicano los niveles de violencia e inseguridad que, de una u otra manera, todos padecemos.

Es cierto que para verdaderamente transformar un país no puede detenerse el funcionamiento del Estado para, entonces, realizar los cambios estructurales necesarios. Hablar de un maxiproceso es fácil, incluso hay experiencias exitosas en ese sentido. Sin embargo, ante la infiltración del crimen organizado en amplios segmentos de la sociedad --¿decenas de miles? ¿cientos de miles? ¿millones?--, así como al interior de las élites económicas y políticas de todo el sistema, la metáfora del profesor Mannheim se queda corta.

Pero ojo. Nadie podría decir, nunca y en ningún lugar, que este tipo de problemas se resuelvan mediante operaciones militares extranjeras. Ni las adicciones a las drogas, ni la corrupción se arreglan a balazos (y mucho menos, con abrazos. Obvio). Suponer que hay siquiera un gramo de buena fe en los arrebatos de míster Trump no es pecar de ingenuidad, sino de lo que sigue.

¿Entonces? Primero, “cabeza fría”. El dilema no es nuevo.

Con la presidencia de Calderón, la etiqueta que nos pegaron era la del “narco-Estado”. Todavía recuerdo los grandes reportajes de televisión en Estados Unidos: abrían con una toma de una playa mexicana (Cancún). Jóvenes estadounidenses divirtiéndose. Luego la toma de la cámara hacía un zoom en la arena y cuando la imagen se abría, veíamos otra arena, la del desierto (Ciudad Juárez). En off, él/la valiente periodista informa sobre de los últimos restos humanos encontrados en el lugar.

Luego, con Peña, pasado el romance inicial (¿la reforma energética?), llegó una brutal ofensiva por la “corrupción endémica” del viejo régimen que culminó con el arresto, en Los Angeles, de un ex secretario de la Defensa mexicano. Antes fueron los años, décadas, de “certificaciones” y acusaciones que, con o sin sustento, apuntaban a la presunta complicidad entre delincuentes y autoridades mexicanas. Desde las supuestas cuentas secretas de Miguel de la Madrid hasta los supuestos negocios sucios del clan Salinas con los grandes capos de su momento.

Hoy la guadaña se pretende utilizar contra los que juran y perjuran que “nosotros no somos iguales” (a los anteriores). A ver quién les cree.

Junto a la fiebre mundialista, el régimen de la 4T desempolva la más rancia retórica del “nacionalismo revolucionario” (de copyright priista) e intenta mezclarla con las viejas consignas contra el imperialismo. Supongo que de algo le servirán, sobre todo en Palenque.

A pesar de todo, como la palabra misma lo implica, crisis es oportunidad. Dudo que como país perdamos mucho con la ausencia carcelaria de algunos de los hoy imputados. Eso no garantizará el cambio de ruedas a un tren en marcha, pero al menos podría ayudar a que el viaje sea un poquito más ligero.


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