Cuba, ¡Ay, Cuba!

  • Tiempos interesantes
  • César Romero

Ciudad de México /

Lo que estamos presenciando en Cuba es una historia de otro tiempo. Es la última batalla de la Guerra Fría. Y para quienes alguna vez creímos en las revoluciones, una derrota más o menos catastrófica.

Como joven (alguna vez lo fui) formado en el sistema de educación pública mexicano, crecí con una abierta admiración hacia La Revolución Cubana. Nunca canté sus canciones (porque no canto), pero sí pude tararear a Carlos Puebla y la Nueva Trova. “Fidel, Fidel, Qué tiene Fidel que los Americanos no pueden con él”.

Alguna vez, el 1 de diciembre de 1988 a eso de media mañana para ser preciso, pude abordar al Comandante Castro y hacerle una breve entrevista de la que mi mayor recuerdo es que le estreché la mano. (Recuerdo también la parte “noticiosa”, en la que reconocía que para la región ya “no eran tiempos de revoluciones”. Y cómo, si justo ese día Carlos Salinas juraba como presidente.

De niño y de la mano del gran maestro Rius, descubrí la historia de aquellos barbudos que bajaron de la Sierra Maestra para derrocar –enero 1 de 1959-- la dictadura de Fulgencio Batista y rescatar la isla de Alejo Carpentier y José Martí de las garras del imperialismo yanqui.

Por supuesto que leí sobre las hazañas de aquel gran movimiento de transformación social que en unos cuantos años logró avances importantes (salud y educación) y que, con el tacto de un mamut le ofrecía al mundo “crear dos, tres, muchos Vietnam”.

Pero no. Poco a poco el sueño revolucionario se convirtió en El Sistema y, con el paso de los años, para la mayoría de “El Pueblo” en una pesadilla.

Mi primer duda llegó al final de los años 80 cuando conocí la historia del general Arnaldo Ochoa –oficialmente “Héroe de la República de Cuba”. Ahí supe de su “confesión voluntaria” sobre sus terribles pecados contra La Revolución, por lo que debía ser sacrificado para evitar que el gobierno de Ronald Reagan acusara al castrismo de vincularse con los grandes narcotraficantes del momento. Y así ocurrió, en la madrugada del 13 de julio de 1989 murió fusilado.

Poco después, aunque el hecho ocurrió mucho antes, descubrí que durante La Crisis de los Misiles, aquellos terribles trece días de octubre de 1962 cuando el mundo estuvo más cerca que nunca antes (o después) de iniciar una guerra nuclear, Ernesto El Ché Guevara exigía, dicen que a gritos, el inicio de los bombardeos atómicos de la URSS contra el territorio de Estados Unidos.

Quizás por mis propios cambios de perspectiva, con el paso del tiempo –años, lustros, décadas--, mi admiración se fue diluyendo y en su lugar quedo una especie de respeto a la formidable capacidad de Fidel Castro para convertirse en la encarnación viva de su patria y, por lo tanto, un ser políticamente indestructible. Eso, además de reconocer su talento para convertirse en un gran símbolo resistencia y dignidad latinoamericana.

Algunas veces más, como reportero, pude acércame al Comandante y ser testigo de su enorme estatura como figura histórica. Lo recuerdo impávido, sentado en un camión en Madrid mientras a unos metros decenas de cubanos exiliados le lanzaban insultos. Lo recuerdo en los pasillos de la Asamblea General de Naciones Unidas rodeado de presidentes de todos lados que lo seguían como a una estrella de rock. Vladimir Putin acercándole, para que lo saludara, a un jovencito adolescente igualito a él.

Con el tiempo conocí algunos testimonios personales de cubanos de Miami que lo culpaban personalmente de haberles robado a sus padres; también escuché las quejas de una, dos, varias generaciones de cubanos que no pudieron conocer ni el remedo de democracia priista que teníamos en México. ¿Vivir toda la vida dentro de un mismo régimen? Acá fueron 70 años, allá llevan 67.

A finales del siglo pasado visité El Laguito, aquel cómodo fraccionamiento de La Habana en que fueron vecinos el expresidente Carlos Salinas, el capo Amado Carrillo y el propio Fidel. Luego, gracias a un berrinche de la burocracia cubana no pude atestiguar el saludo de un vetusto Fidel al Papa polaco cuando lo visitó en la isla. Ni modo.

Pasó más tiempo. Aquella “inmensa minoría” (así le llamaba Gabriel García Márquez) de jóvenes latinoamericanos que alguna vez admiramos al gran líder cubano se fue decantando. Al final solo una pequeñísima élite lo acompañó en su último momento de vida, a eso de las 22:29 horas del 25 de noviembre de 2016. Al Comandante no lo derrotaron “los gringos”, sino sus propios excesos.

Fidel murió, Cuba se apaga, pero una década después el castrismo sigue ahí. Llegamos al 2026 de las guerras absurdas de míster Trump, y sus desplantes contra una Cuba sin energía. Y quizás lo peor de todo es que es el propio régimen cubano, encabezado por el general Raúl Castro y uno de sus hijos, el que negocia con Marco Rubio los términos de la capitulación. Mientras que, desde la Casa Blanca, el nuevo tirano, ni la burla perdona.


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