La liturgia del poder

  • Tiempos interesantes
  • César Romero

Ciudad de México /
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Como regla general, debemos reconocer que un requisito indispensable para llegar al poder es, justamente, tener poder. Si miramos desde la historia, así ha sido. La sola referencia a monarquías e iglesias debería ser suficiente para probar el punto.

A pesar de la idea de revolución como una irrupción a las estructuras establecidas, o el concepto de movilidad social --que en los hechos funciona como una ilusión conveniente para los constructores de ideologías--, la cima de la pirámide ha sido casi siempre un lugar reservado para muy pocos.

Incluso reconociendo importantes avances económicos y sociales, en particular en los últimos dos siglos, el ámbito político seguimos más o menos atorados en la liturgia política claramente asociada con los ritos religiosos de los siglos anteriores.

Sin pretender que el ejercicio del poder pueda ser considerado como una ciencia, vale la pena señalar algunas prácticas, ritos y símbolos asociados con el comportamiento de quienes desempeñan el rol de autoridad. Esto es, más allá de la primera y más obvia de todas, la utilización o amenaza del uso de la fuerza.

La segunda, supongo, es la ostentación. No es casualidad que los relatos sobre palacios y monumentos estén casi siempre asociados con las grandes figuras de poder. En muchos sentidos la historia misma, como disciplina, es el recuento de los grandes tlatoanis, emperadores y sus desplantes.

En ese contexto, el vocho de Pepe Mújica o la caminata de Vaclav Havel por las calles de Praga después de dejar la presidencia de Checoslovaquia (1992) son excepciones. La regla está por el lado de los demás. De los omnipresentes rostros de los emperadores romanos en sus tiempos, las gigantescas tumbas de los faraones, los castillos y excesos de los monarcas medievales, a los mega aviones y barcos presidenciales.

De huipil o con solo 200 pesos en la cartera, pero viven y despachan en Palacio Nacional.

Por supuesto que algunos detalles de la liturgia se han modificado con el paso del tiempo. Pero no creo equivocado sostener que, en general, historia y tradición todavía pesan más que los emojis y los videos para celulares. En una de esas, los viejos rituales priistas (plazas públicas llenas de acarreados y mucha retórica patriótica) lucían un poquito mejor que los nuevos rituales morenistas (plazas públicas llenas de acarreados y mucha retórica patriótica).

Los propios atuendos de la realeza, por muy ridículos que pudieran parecernos hoy, vienen de una larga tradición en la que el brillo dorado o el acompañamiento de hombres armados y uniformados forman parte de la identidad misma de los poderosos. La obsesión del presidente número 47 de Estados Unidos con todo lo que brille como oro es un ejemplo perfecto en este sentido.

Entre la gran cantidad de símbolos y/o ritos asociados con el ejercicio del rol de autoridad, en sus consejos al príncipe Borgia, Nicolás de Maquiavelo sigue siendo, medio milenio después, el gran maestro.

Aunque no lo hayan leído, sus lecciones quedan ilustradas en el comportamiento de los señores del narcoterrorismo, esos peculiares personajes de AK-47 al hombro, banquetes de langosta con Buchanan's Red Seal y música de tambora, o bien en las grandes Galas en que los oligarcas rusos intercambian elogios con los Señores de la Big-Tech.

Desde las joyas monárquicas, las fortunas personales de 12 ceros hasta señales tan pequeñas como la impuntualidad o el desplante de hacer esperar a los demás, hay un rosario de prácticas de valor simbólico asociadas con el ejercicio del poder.

El clásico dicho, “never complain, never explain”, también forma parte del manual del buen emperador. Refinado o en bruto, el autoritarismo es otro rasgo típico de poderosos e iluminados.

No es por casualidad que el comportamiento público de nuestros gobernantes parezca seguir patrones tan similares. Vámos, desde la propia apariencia física entre aquellas ilustraciones de los grandes en las páginas del Wall Street Journal. Casi siempre eran hombres, blancos, de edad indeterminada –¿50´s, 70´s?— y generalmente rapados. Ese era el look corporativo de moda a final del siglo pasado.

Desde la figura del cacique ejerciendo su “derecho de pernada” en el pueblo más jodido, a la batalla del emperador del 1600 de avenida Pennsylvania por tener su salón de bailes de 1.8 mil millones de dólares, el comportamiento de los poderosos deja ver el apego a una liturgia solamente entendible desde aquella “dialéctica del amo y el esclavo” que explica Albert Camus en El Hombre Rebelde.


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