Cuidado de las explicaciones fáciles. “Está loco”, es un “megalómano”, “ un monstruo”. “Dictador”, quizás sí; todo eso y peor. Pero, por encima de sus grandes vicios y desplantes, deberíamos reconocerlo con un verdadero “disruptor”.
Hijo del privilegio y la prepotencia; es un personaje de lujos y ambiciones sin límite. Por más de medio siglo se forjó como maestro de la trampa y el escándalo. El dos veces presidente de Estados Unidos es el mejor ejemplo perfecto de los extremos a los que ha llegado el “capitalismo salvaje”.
Para quienes venimos de un crónico optimismo y confianza en que el cambio siempre puede ser para bien, resulta doloroso reconocer la importancia de Donald Trump, aunque lo que represente sea una franca regresión histórica.
Su indiscutible talento para comunicar y leer a la perfección la geografía humana de su tiempo, le permitió construir en menos de una década una vertiginosa carrera política que, en cuestión de semanas, aplastó la vieja liturgia política conservadora del partido republicano. Y en unas cuantas más, a golpes de incendiarios mensajes en la Social Media plagados de insultos y mentiras contra el resto del mundo, ganar –dos veces—las elecciones presidenciales de su país.
Al señor Donal Trump lo hemos dado por liquidado una y otra vez.
Así lo pensaron muchos cuando en 1973 fue acusado por el Departamento de Justicia por sus prácticas racistas en sus proyectos inmobiliarios en Manhattan, donde operó como hombre de paja de las montañas de petrodólares árabes y venezolanos invertidas en bienes raíces de Nueva York.
Así parecía cuando, desde principios de los 80´s comenzaron a circular las numerosas denuncias en su contra por abusos sexuales, fraudes y estruendosas bancarrotas. (De ahí saldrían los famosos videos --no difundidos-- de sus fiestas sexuales con oligarcas rusos y magnates financieros como Jeffrey Epstein).
Fue en septiembre de 2005 cuando se le grabó con sus patanescos alardes machistas; aquello de que “cuando eres una estrella puedes hacer lo que quieras”, como “grabbing women by the pussy”, aunque el tema se hizo público hasta octubre de 2016, el mismo año en que fue acusado de violar a una niña de 13 años y una estrella porno fue sobornada para ocultar sus interacciones con el aún empresario y estrella de televisión.
Además de alardear nunca haber pagado impuestos, a sus casi 80 años de edad Trump es el genio de la impunidad. Nada ni nadie ha podido detenerlo.
Ni la investigación del FBI de 2019, ni la revelación de que la “Universidad” que llevaba su nombre era un fraude, ni los dos juicios político en contra suya, ni el juicio penal (aunque fue declarado culpable) o siquiera el desprestigio mundial por sus maniobras de aquel 6 de enero del 2021 que provocaron el asalto de una turba violenta al Capitolio intentando impedir la confirmación legal de su derrota electoral del noviembre anterior.
De sus desplantes como policía supremo del comercio mundial, su ataque armado a Venezuela, su apoyo al genocidio en Gaza, su indiferencia en la guerra Ucrania, o el torrente cotidiano de insultos cotidianos contra gobiernos democráticos alrededor del planeta, no hay mucho que añadir.
Acusado en su propia cara de ser un títere de Vladimir Putin (por Hillary Clinton en el debate presidencial de 2016), el señor Trump se ganó la aprobación de muchos con una retórica xenófoba y racista concentrada en sus ataques a una supuesta invasión desde la frontera sur de inmigrantes a quienes además tacharlo de criminales, también los ha señalado como “violadores” e incluso “terroristas” , sobre todos a los de piel obscura.
Además de asegurar que “comen gatos y perros”, su ofensiva lo ha llevado a una dinámica de violencia en la que el ICE, una especie de fuerza paramilitar a su servicio, ahora asesina ciudadanos estadounidenses, de tez blanca, clase media y nacidos en ese país, al tiempo que “arresta” niños de 4 y 2 años de edad. ¿Por qué lo hace? Muy sencillo, porque puede hacerlo.
Lo suyo-lo suyo ha sido conseguir lo que creíamos imposible. Pero no para bien.
Hasta ahora –lleva 5 años en el cargo--, además de incrementar su fortuna personal de manera escandalosa, es poco lo que realmente puede presumir de su promesa original de recuperar la grandeza que, imagina, tuvo Estados Unidos en su primera infancia. La gran mayoría de las encuestas, apuntan hacia su desplome, pero si algo ha demostrado el señor –ahí está la estampa de su “Fight! Fight! Fight!” con el rostro ensangrentado--, es su inmensa capacidad de revertir, e incluso distorsionar, lo que el resto de la gente consideramos como realidad.