Que siga la fiesta

  • Tiempos interesantes
  • César Romero

Ciudad de México /

Entrego mi texto antes de que comience el partido ¿qué podría salir mal?; aunque pensándolo mejor, en esta nueva realidad que compartimos, qué importa más, ¿los hechos o las percepciones?

Ganemos o perdamos –y en congruencia con la composición genética de mi generación sigo convencido de que no ganaremos la Copa Mundial--, me parece que lo más importante de esta aventura futbolera no ocurre en la cancha, ni en las tribunas inalcanzables para la gran mayoría o frente a las pantallas de televisión. El gran acontecimiento sucede en las calles.

Para empezar, debo reconocer la sabiduría del señor de Macuspana. Pues sí, sí somos Pueblo Uniformado.

Tomo prestada el slogan de López Obrador transformado en propagandista de las Fuerzas Armadas. Aquella de que “el Ejercito Mexicano es pueblo uniformado”. Pues bien, al menos en estas últimas semanas el pueblo mexicano de verdad se ha uniformado. No con el verde olivo del régimen, sino con “la verde”, la camiseta de la selección mexicana de futbol.

En las calles, las plazas, el transporte público. Lo que vemos en las grandes avenidas, en los vecindarios, pueblos chicos y grandes, en los centros comerciales de todo el país, es a multitudes de personas vestidas con la playera de nuestra selección. La identidad futbolera como un gran síntoma de una nación con una hambre feroz de celebración.

En las escuelas, los departamentos de arriba y de abajo, las señoras que venden quesadillas, los empleados de ventanilla, todos en un mismo canal gracias a la verde, aunque también en versión blanca o negra sigue siendo “la verde”. Aquí no hay diferencia de edad, género o clase social (¿bendita piratería?).

Con el recuerdo de la Argentina de 1978 en que un campeonato mundial le dio un par de años más de vida a la brutal junta militar que detentaba el poder, debemos reconocer en la fiesta futbolera un suceso global, aunque con la caída de Brasil todos perdemos un poco. Al menos dentro de México, este torneo ha sido, es, ¿será? un fenómeno social realmente conmovedor.

Sin demasiado ingenio, el México! México! es un grito machacón, casi siempre acompañado del ta-ta, ta-ta-ta de claxonazos y cornetas de plástico. Aunque pasados por agua, las porras, los brincos y cantos eternos son síntoma clarísimo de un estado de ánimo que supera, por mucho, el espectáculo deportivo e incluso su impacto económico y político.

Ante una larga tradición de pesimismo plenamente documentado con experiencias de fracaso estructural, corrupción o franca mediocridad, el equipo de Javier Aguirre ya consiguió lo suficiente para provocar una verdadera catarsis colectiva. Pero, ojo, no debemos ignorar que, en el fondo-fondo, el futbol es una excusa.

Después de todo, lo brincado nadie nos lo quita. Ni el anticomunismo de un Trump delirante, o el ocaso del tratado comercial. Ni los vándalos de la CNTE, ni la dignidad y sufrimiento de las madres buscadora de esa cifra monstruosa de 130 mil desaparecidos o los otros cientos de miles de muertos a causa de violencia criminal y su manto protector, la corrupción gubernamental.

Respecto a la desconfianza crónica con que algunos --¿muchos?—prendemos la televisión, acepto sin chistar que tampoco importa demasiado. Por edad debería recordar algo de los Juegos Olímpicos de 1968 y el Mundial México 70. Profesionalmente, la Copa de México 86 la sufrí. Reportero de la fuente deportiva –más por accidente que por vocación--, pude atestiguar un largo rosario de “ya-meritos”, excusas y pretextos en cualquier cantidad de competencias.

Ignoro si “los dieciseisavos” fueron nuestro límite. Mucho menos puedo saber si el “y si sí” seguirá vivo o si se trasformará en un sonoro “hasta aquí”. Sospecho, eso sí, que las narrativas de la polarización se unirán momentáneamente para convencenos de que México, en este mundial de sede compartida, fue un éxito rotundo.

Luego, casi de inmediato, volverá la disputa sobre el alcance de la penetración del “narcoterrorismo” en la vida nacional, sobre el posible fin de “la omerta” mexicana (el pacto de silencio mafioso), en especial, sobre las próximas operaciones especiales para arrestar y/ erradicar a los capos y sus cómplices.

Por ello, ojalá y la fiesta nos dure un poco, un poquito más. Después de todo, excusas nunca nos han faltado.


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