Réquiem por La Verdad

  • Tiempos interesantes
  • César Romero

Ciudad de México /

Lo dicho: “Si sabemos que la política se ha convertido en un espectáculo, por qué habríamos de sorprendernos de que nos gobiernen los payasos”.

Estrictamente hablando, Donald Trump no miente. Simplemente ha sido capaz de construir un universo propio en el cual los estadounidenses lo adoran, el resto del mundo lo respeta y sus enemigos lloran de miedo ante su presencia. Su capacidad de comunicar no conoce límite alguno, ni siquiera los hechos.

Ante su empeño en la siembra de falsedades resulta difícil creerle su condición de “posible víctima” en un nuevo atentado en su contra. Nunca más cierto aquello de “quien siembra vientos… cosecha tempestades”.

Vivimos un momento histórico en el que un buen día amanecemos con la noticia de que le ha declarado la guerra a un nuevo país y al siguiente se autoproclama como salvador del mundo.

Empezó con Venezuela y un ataque relámpago para derrocar a un dictador sin cambiar al régimen. Luego asesinó al Ayatola mayor de Irán para que el hijo del supremo sacerdote fuera electo para gobernar sobre las cenizas de su país.

Después, ya lo anunció, vendrá la transformación de la Cuba colapsada por el socialismo real por la Cuba de depredación, prostitución y caos de toda la vida. Luego, así lo pregona, vendrá “la liberación de México” de las garras de los “narcoterroristas” para entregárselo a quién-sabe-que autoridades de papel.

De la pantomima sangrienta en Ucrania, Gaza o la “decena de guerras” que, asegura, ha evitado alrededor del planeta, mejor ni hablamos.

Vivimos en un momento histórico en el que la única realidad que reconocemos está en las escenas de devastación y muerte (casi siempre de gente pobre) que vemos en televisión. Es cierto que no hay nada nuevo en el hecho de que en el reino de la política las virtudes o valores de las personas normales sirven para maldita la cosa. Las lecciones de Nicolas de Maquiavelo, los grandes emperadores romanos y casi toda la historia política del mundo deberían servirnos para aceptar que la única ley respetada en las relaciones entre países es la ley de la selva.

Si algo verdaderamente relevante podemos encontrar en el aprendiz de tirano que en 2016 tomó por asalto –y con votos--, la presidencia de Estados Unidos y en 2024 regresó a la Casa Blanca con las mismas promesas –por la misma vía--, es la eficiencia de sus algoritmos que promueven el odio, la discriminación y los sueños de grandeza sin límite.

A partir de su absoluto desprecio por lo que alguna vez conocimos como “La verdad”, míster Trump no oculta siquiera su meta principal –el engrandecimiento de su fortuna— y a partir de ahí encabeza un proyecto anclado en la vieja economía basada en los combustibles fósiles, pero con fuertes alianzas con los grandes barones de las nuevas tecnologías.

Y por encima del poderío militar a su disposición y sus intentos de usar el comercio internacional como armas, usa la comunicación política –el circo mediático--, como su principal recurso para construir su narrativa.

En el fondo no resulta tan complicado entenderlo. Las causas de los fenómenos sociales, económicos, políticos y culturales detrás de su vertiginoso acenso son demasiado similares a las de Hitler, Mussolini y Stalin como para que las miremos de frente.

Sea porque estamos hundidos dentro de un pantano de desinformación masiva –“Infocracia” le llama Byun Chul Han--, o porque nos hemos dejado atrapar por los algoritmos, o estamos ante el colapso de una era imperial, el hecho es que somos testigos de una especie de nihilismo extremo en el que basta una anécdota (real o fabricada) para que el villano se convierta en víctima.

Sea en la relación perversa entre el Estrecho de Ormuz y el humor de los mercados financieros, o bien la búsqueda de la fórmula ideal para intentar controlar las encuestas electorales, ni “los hechos” y mucho menos “La Verdad” tienen una relevancia mayor. Lo fundamental en estos tiempos interesantes es el control de las narrativas.


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