“Sus Falsos Amigos”

  • Tiempos interesantes
  • César Romero

Ciudad de México /

En la misma línea que Donald Trump --construir narrativas cómodas a su interés sin consideración alguna por los hechos--, Andrés Manuel López Obrador está de regreso.

Desde su refugio en la “Quinta La Chingada”, el expresidente mexicano se inventa una relación casi romántica con el Presidente que Estados Unidos que conoció en 2018: “el otro Trump”, a quién compara favorablemente con la versión actual del mismo personaje, hoy supuesta víctima de la ultraderecha internacional.

También como en el caso de Trump, suponer ingenuidad en las palabras de AMLO resulta un ejercicio banal. Su decisión de salir de su encierro en el rancho de cuyo nombre no quisiéramos acordarnos, tiene como principal efecto el acotamiento y menosprecio por quién califica como “la mejor presidenta de México de nuestro tiempo”.

Ahora sí que ni la burla perdona. Mientras desde el aparato del poder en Estados Unidos llegan carretadas de acusaciones contra algunos de sus incondicionales –se les señala como narco políticos--, el ex presidente se esconde detrás de la bandera e intenta una defensa en bloque de los suyos. Aquí la gran paradoja es su argumento central:

“…que con el simple señalamiento de narcoterrorista o de representar una supuesta amenaza para la seguridad de Estados Unidos, se cuenta con licencia para secuestrar, cazar y ajusticiar de manera extraterritorial a cualquier persona sin pruebas, juicio o sentencia alguna. Es como la "ley fuga" o el "mátalos en caliente", la más abominable violación a los derechos humanos.”

Por ello, en los hechos su misiva termina siendo una advertencia contra Claudia Sheimbaum. Te lo digo, Donald, para que escuches Claudia.

Vaya karma. El linchador de ayer es el linchado de mañana. En su intento de proteger a su camarilla, incluso distorsiona la principal proclama que lo llevó al poder: “Por el bien de todos, que regrese el otro Trump”.

Pero, ojo, no es locura. Incluso es probable que, si se anima a regresar a las plazas públicas y los caminos de terracería conseguirá apoyo popular a su forzado gran salto al vacío: convencernos de que su lucha no es para proteger delincuentes, sino parte de una gran cruzada de los pueblos del mundo en contra el imperialismo yanqui y la odiosa ultraderecha internacional.

Luego entonces, todas las evidencias en contra de sus “hermanos” Rocha Moya y el senador López, sus gobernadores Durazo, Del Pilar y Villarreal, el secretario Delgado y el super asesor Ramírez (y, claro, Andy) son simple basura, un intento desesperado por resucitar aquel gran “compló” en contra suya.

Después de todo, su tesis principal –inventarse un “Trump bueno” que nunca “dobló” a su canciller, que nunca lo obligó a construir un muro fronterizo compuesto de decenas de miles de soldados, que nunca impuso aranceles y jamás nos llamó “violadores y criminales”--, bien podría funcionar en un entorno de comunicación pública sin memoria. No sería, a pesar de todo, la peor mentira registrada en la historia binacional.

Así, pues, una vez más nos encontramos en los prolegómenos de una nueva disputa en la que la primera batalla es por el discurso.

¿De verdad Estados Unidos quiere acabar con el narcoterrorismo? ¿Le importan sus millones de adictos a las drogas?¿Es verdad que los gobiernos de “izquierda” no mienten, no roban y nunca traiciona? ¿En serio, nuestra santa patria un soldado en cada hijo nos dio? (Mi humilde opinión: no, no, no y tampoco).

Una vez Peje, siempre Peje

Finalmente, la audacia de AMLO lo lleva a querer aconsejarle a míster Trump “que mande al carajo a las rémoras que lo rodean y azuzan, trátese de quien se trate, sean paleros, manipuladores, caciquillos, vividores, ladrones, polizontes, tinterillos, especuladores, filibusteros, potentados, trepadores o malvados”.

Aunque pensándolo mejor, esa lista de 13 modelos no esta dirigida a Trump; quizás simplemente es un pase de lista entre sus comandantes: “rémoras, paleros, manipuladores…”.

La maniobra es obvia. En lugar de limpiar la casa, pintarse de guerra. En la eterna disputa entre un gobierno anterior y el siguiente, qué mejor que aprovechar el pánico al interior de un sistema de corrupción endémica. Qué mejor manera de mantener el status quo que satanizar a quién hasta hace poco se rindió.

Justo en un momento en el que la presión desde el norte es la más brutal que nunca en, al menos, el último medio siglo, la obvia propuesta es radicalizar, polarizar y llevar la crisis hasta sus extremos.

Con el petate de una izquierda de papel, la fuerza de la popularidad comprada con “transferencias del bienestar”, el nuevo régimen, esa extraña coalición que durante el sexenio pasado habría encabezado un todavía mayor acercamiento entre políticos y criminales, se aferra al poder.

En lo persona, con el clásico Sabina en la memoria, me quedo con aquello de que “Siempre que luchan la KGB contra la CIA, gana al final la policía".


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