Castigo sin crimen: el abandono en las aulas

Estado de México /

El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional

A lo largo de mis columnas y libros he explorado el abismo silencioso que la ansiedad, el miedo y la pérdida abren en quienes nos rodean. He insistido en una idea incómoda: el sufrimiento no siempre grita; muchas veces se disfraza de rutina, de silencio, de normalidad. Hoy, ese abismo tiene nombre propio: depresión. Y su letalidad no es menor que la de cualquier otro enemigo visible; es, quizá, la que más vidas consume en silencio, aunque los reportes rara vez digan la verdadera causa.

Hoy, la prioridad más urgente de todo el sistema educativo es enfrentar de manera directa la salud mental.

Carl Jung advertía que la depresión es una prisión donde uno convive con sus pensamientos más oscuros. Pero lo verdaderamente alarmante no es solo la cárcel interior, sino el abandono exterior. Durante años, el sistema educativo ha dejado solos a millones de jóvenes: sin redes de contención, sin escucha real, sin herramientas para sostener la vida cuando pesa.

Estar deprimido es estar al borde de un pozo. Desde ahí, todo parece inevitable. En ese punto, la ayuda no es opcional: es decisiva. Puede ser la mano que te hace voltear y ver otro horizonte… o la ausencia que permite que el abismo te jale.

Freud lo dijo sin rodeos: la depresión es la incapacidad de tolerar la vida. Y esa incapacidad se está gestando, silenciosamente, en nuestras aulas. Hemos construido un sistema obsesionado con el rendimiento, los indicadores y los rankings, pero desconectado del bienestar humano. Enseñamos a competir, pero no a resistir; a destacar, pero no a sostenerse.

Corregir esto no es buena voluntad; es rediseño. Primero, detección temprana sistemática: medir bienestar emocional, formar docentes para identificar señales —aislamiento, cambios conductuales, ausentismo— y activar protocolos claros. Lo que no se mide, no existe.

Segundo, acceso real a apoyo profesional: psicólogos disponibles, atención oportuna y modelos híbridos que eliminen barreras. Y, sobre todo, romper el estigma: pedir ayuda no puede ser vergüenza.

Tercero, rediseñar el modelo educativo: equilibrar cargas, evitar picos de presión, integrar la formación socioemocional al currículo y crear espacios reales de acompañamiento. No es añadir bienestar; es construirlo.

En El sexto sentido, el niño pregunta: “¿Cómo me puedes ayudar si no me crees?”. Esa frase hoy recorre nuestras escuelas. El grito de los jóvenes no es debilidad, es incredulidad: hablar y no ser escuchados, sufrir y no ser creídos.

Goethe escribió en Werther: “Lo que no puedo poseer, debo aprender a amar”. Pero nuestros jóvenes no necesitan amar la ausencia; necesitan presencia. Adultos que escuchen antes de corregir, crean antes de juzgar y acompañen antes de exigir.

Educar no es llenar mentes; es sostener vidas. Si no escuchamos ese silencio y actuamos a tiempo, no estamos educando: estamos abandonando. Al final, muchos alumnos terminan sintiéndose como Raskólnikov en Crimen y castigo: solos en su propio universo, donde el abandono es su única compañía. Citando a Fiódor Dostoyevski: “El alma que no es escuchada, grita a través del sufrimiento”.


  • Chandra Choubey
  • Director General del Tecnológico de Monterrey Campus Toluca
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