Hace unos días me preguntaron si yo estaba a favor del aborto, no contesté, me pareció una pregunta bastante tramposa y vil, sobre todo por la persona que disparó contra mí.
Una cosa es estar a favor de la despenalización del aborto y otra a favor de la práctica—no, no es lo mismo, no se arranque los pelos—. Si me preguntan si yo propondría u obligaría a una mujer a practicarse un aborto, digo no; pero eso no me da derecho a decidir por nadie más o querer imponer mis cuestiones morales a otra persona.
Y ese es el asunto de todo, ¿no?
En este tiempo todos nos creemos con la libertad y responsabilidad de decirle al otro qué está bien y qué está mal, guiarlo, ser el Virgilio de todos esos perdidos y desesperados dantes. Detrás del espejo negro despotricamos en contra de todo lo que no haríamos, sin tener la más mínima intención de comprender, de tener empatía, de ponernos en el lugar del otro.
En estas semanas he escuchado y leído muchos (demasiados) puntos de vista respecto a la despenalización del aborto —o como lo llaman en Argentina: la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo—, sin embargo, lo que sobresale entre todo son las diatribas contra todas las mujeres que apoyan el movimiento. La descalificación que han vivido en estos días es impresionante. No repetiré los insultos, aquí no hay espacio para esas voces.
Las consignas contra el pañuelo verde vienen normalmente con un fundamento religioso —qué raro— que lejos de aportar verdaderos argumentos al debate, lo único que hace es recalcar la necesidad de crear leyes lejos de biblias y credos. Otros argumentan que toda vida debe ser respetada... así como está el mundo, el chiste se cuenta solo.
La necesidad de la despenalización del aborto viene acompañada de la obligación que tenemos de reconocer al otro, de darle su espacio a la decisión y a su responsabilidad. Que haya una ley no significa, en medida alguna, que todas deban abortar, pero que esté dada la posibilidad de una elección segura. ¡Abran las ventanas, los abortos suceden con o sin ley!
Claro que una ley de esta magnitud —que debería implementarse en México—, debe venir de la mano con una revolución educativa, donde la educación sexual sea una de las venas principales, abierta, sin prejuicios y desde edades tempranas y en todos los sectores sociales: «Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir».
El tropiezo en el Senado de Argentina no detendrá el movimiento, el tema está en boca de todos y en las redes sociales de todos y ese es el mayor logro que consiguieron las miles de mujeres y sus pañuelos verdes, que de ninguna manera son para esconder el rostro, sino para decir que todas son una sola. Ahora queda replantear los movimientos, buscar mejores estrategias y cambiar lo que sea necesario cambiar. La campana está a punto de sonar.
cruz.amador@milenio.com
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