Ciudad: un caos sin movilidad

  • Sobre la mesa
  • Daniel González Romero

Ciudad de México /
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Conozco poco al diputado Enrique Aubrey, y en muchas cosas no coincido con su partido y declaraciones, sin embargo en días pasados escuché algunas opiniones suyas por Radio Universidad sobre el problema de los taxis amarillos y los Uber, lo mismo el reciente artículo de Jaime Barrera, que llamaron mi atención por su acertado punto de vista y el planteamiento para la solución del problema que se enfrenta, a estos dos tipos de servicios, trabajadores y propietarios. Desde que el uso empresarial de los medios electrónicos se convirtió en un medio de innovación de estos servicios, ya no solo en este ramo, la confrontación entre pasado y presente, cada vez más futuro, ha venido paso a paso a convertirse en un asunto por atender, sin dilación y con una visión diferente a la tradicional y burocrática, especialmente por lo que el proceso de cambio y transformación significa en las sociedades actuales. En este caso, referido al funcionamiento de las ciudades, cambiante ámbito respecto de las nuevas necesidades de una urbe como Guadalajara y su región, sus dinámicas, enmarcadas en un vertiginoso siglo XXI.

La realidad, sin duda, es que lo que choca ahora es una nueva forma empresarial de servicios de traslado de personas, con otra de rancia formación y de explotación del trabajador; de una especie de nuevo corte con otra que arrastra los vestigios de un pasado caciquil. De dueños (inconfesados y ocultos) de unidades de taxis, cuya estructura de dominio ya no responde a los procesos de movilidad contemporáneos ni a los esquemas de trato con el cliente. Tienen razón quienes expresan que la propuesta de reglamentación de ese servicio, lista para discutirse y aprobarse, solo responde a los requerimientos de esta otra-nueva etapa en la vida de las urbes y de sus comunidades. No solo es cuestión de un pago por el servicio –que de por si es más caro en los amarillos-, si no de un proceso en el que los servicios públicos asumen y transfieren mejoras y calidad como resultado del uso de los nuevos medios.

Y esto, que parece un tema aislado, el servicio de taxis, se vincula y se mezcla, entre los datos actuales de la caótica situación del tráfico de vehículos en la ciudad, con el denominado transporte público y la prometida reordenación. Una situación de la que el Instituto de Movilidad y Transporte (eso caótico), hace tiempo da pocas señales de avance, que no de trabajo, pues allí también las cadenas de las prácticas de corte caciquil y de controles amenazantes, no dejan paso a una programación que permita un mejor funcionamiento de las redes urbanas de traslado de persona, bienes y mercancías. El instituto, pasados ya tres años y abstraído en los métodos tradicionales de planeación, no ha dado pie con bola y se encuentra en su papel sí, pero en la realidad no, en medio de la inmovilidad de su contribución, ante una movilidad que sufre de lo mismo desde hace años y no ve qué sigue para modificar tal estado de caos. Por ahora, las vacaciones llegan y el problema se traslada a otros lugares, la vida en la ciudad espera un breve remanso, un breve espejismo en medio del caos contaminante que, bien sabemos, regresará quizás para marcharse quién sabe cuándo.

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