Hay un momento, casi imperceptible, en el que una conversación deja de ser conversación. Ya no importa la película, el libro o la conferencia. El protagonista cambia. El reflector deja de apuntar al creador y se posa sobre quien sostiene el micrófono.
Hace unas semanas, Moscas, la más reciente película de Fernando Eimbcke, fue presentada en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara. Ahí, como suele ocurrir en uno de los encuentros cinematográficos más importantes de América Latina, el público cuestionó, comentó y dialogó con el director en un ambiente de respeto. Hubo críticas, curiosidad y opiniones encontradas, pero nadie intentó convertir la conversación en un espectáculo propio. El cine siguió siendo el protagonista.
El contraste llegó hace apenas unos días en la Cineteca Nacional.
En cuestión de horas, el video recorrió las redes sociales: un asistente que alarga su intervención, un director que pierde la paciencia, un micrófono arrebatado y una frase que se volvió tendencia: "No soy tu brother".
Como ocurre casi siempre en internet, el juicio fue inmediato. Para unos, Eimbcke exhibió soberbia e intolerancia. Para otros, simplemente hizo lo que nadie más hizo: poner un límite.
La conversación pública, sin embargo, terminó discutiendo la reacción y no el origen del conflicto.
Vivimos en una época en la que confundimos participación con protagonismo. Las sesiones de preguntas y respuestas dejaron de ser, en muchos casos, espacios para dialogar sobre una obra y comenzaron a convertirse en escenarios donde algunos buscan el momento viral, la anécdota que acumule reproducciones o el clip que circule durante días en TikTok y en X. No importa si la pregunta dura tres minutos y la respuesta treinta segundos. Lo importante es aparecer.
Y esa lógica no es exclusiva del cine.
Sucede en presentaciones de libros, en conferencias de prensa, en universidades, en foros culturales e incluso en el periodismo. Hay quien toma el micrófono no para preguntar, sino para demostrar que sabe más, para contar su historia completa o para convertir un espacio colectivo en un monólogo personal.
Lo preocupante es que hemos empezado a asumir que quien está al frente debe soportarlo todo. Que el artista, el escritor, el académico o el funcionario tienen la obligación de escuchar sin límite, sin importar si el intercambio ya dejó de ser respetuoso o útil para el resto de los asistentes.
No. La crítica no tiene nada que ver con eso.
Criticar una película es legítimo. Decir que un guion no funciona, que una escena sobra o que el director tomó una mala decisión forma parte de la conversación que el arte necesita. Lo que no fortalece el diálogo es secuestrar el espacio compartido.
Porque también existe un derecho del público que casi nunca mencionamos: el de escuchar. El de formular su propia pregunta. El de participar sin que una sola persona monopolice el tiempo de todos.
Eso no significa que Fernando Eimbcke haya reaccionado de la mejor manera posible. Siempre habrá quien piense que pudo conservar la calma, dejar que la organización interviniera o responder con mayor serenidad. Esa discusión es válida y necesaria.
Pero también debería ser válida otra pregunta: ¿por qué siempre analizamos con lupa la reacción de quien pone un límite y tan pocas veces cuestionamos la conducta que hizo necesario ponerlo?
Las redes sociales tienen una fascinación especial por exigir paciencia infinita a los demás. Pedimos tolerancia absoluta desde la comodidad de una pantalla, mientras olvidamos que quienes están del otro lado también son personas. Se cansan. Se desesperan. Se equivocan.
Y quizá ese sea el verdadero aprendizaje de esta historia.
No todo debe soportarse. Ni en el arte, ni en el periodismo, ni en la vida pública. La libertad de expresión no pierde fuerza cuando encuentra límites; al contrario, los necesita para seguir siendo un diálogo y no una competencia por quién hace más ruido.
El Festival Internacional de Cine en Guadalajara demostró que es posible disentir sin desplazar la conversación de la obra. La Cineteca Nacional recordó, en cambio, lo fácil que es convertir un espacio de encuentro en un escenario para el ego.
Porque cuando el micrófono deja de servir para conversar y empieza a servir para imponerse, el problema ya no es quien dice "hasta aquí".
El problema es que olvidamos que escuchar también es una forma de respeto.