Guadalajara: la ciudad que se abre

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Hay una película de los hermanos Cohen que se llama “Un hombre serio”. En ella, un profesor de física trata de explicarle a un estudiante la paradoja del gato de Schrödinger, ese famoso experimento mental donde un felino puede estar vivo y muerto al mismo tiempo.

Algo así le pasa a Guadalajara en estos días: la ciudad respira, bulle, celebra la vida, exhala tecnología en laboratorios de inteligencia artificial, pero bajo sus pies, en el subsuelo que nadie ve, hay un algo que se niega a ser enterrado. La ciudad está viva y, sin embargo, se está muriendo, tramo por tramo, socavón por socavón.

Esta semana, mientras discutíamos si la inteligencia artificial es el nuevo género cinematográfico o el fin del cine como lo conocemos, la tierra se abrió otra vez. En Jardines del Country, el tercer socavón en dos semanas. Y no es una falla aislada. Es el grito ahogado de una infraestructura que data de 1902, cuando Porfirio Díaz aún gobernaba y el colector San Juan de Dios era una obra de ingeniería de vanguardia.

El profesor Arturo Gleason, de la Universidad de Guadalajara, lo dice con la claridad de quien ha visto venir el desastre: esa tubería de más de 100 años ya venció su vida útil. Una obra hidráulica de esa magnitud dura 35, quizás 50 años. No cien.

¿Qué está pasando? La película se llama “El agua y el cemento”. El guión es sencillo y devastador. La ciudad creció sin control, como un monstruo de hormigón que impermeabilizó el 95 por ciento de la cuenca de Atemajac.

El agua que antes se filtraba en la tierra ahora corre desesperada por colectores que no fueron diseñados para tanta presión. Se fracturan, se agrietan, y el agua, con la fuerza de la gravedad y la lluvia, arrastra el material de alrededor hasta que el pavimento, como un castillo de naipes, se desploma. Es la trama de “Roma”, pero sin la visión de Cuarón: aquí, la ciudad se traga sus propios vehículos.

El SIAPA lo sabe y su director, Ismael Jáuregui, lo admite: la infraestructura en colonias como Jardines del Country data de los años 50 y 60. Está presurizada, dañada. Es un riesgo latente.

El socavón de avenida Malecón, en Tonalá, tampoco es un accidente. Es un dolor inmenso. 45 metros de largo, 12 de ancho y 8.5 de profundidad. Mi cabeza no da. La tierra se abrió como una boca hambrienta que se tragó no solo el asfalto, sino la certeza de que el suelo que pisamos es firme. Dividió la vialidad en dos, como si alguien hubiera partido la ciudad con un machete. Y no es la primera vez. En julio de 2025, el mismo Malecón ya había devorado tres vehículos y dejado cuatro lesionados en un agujero de 20 metros. Eso no es un socavón, es un precedente. Y nosotros, los tapatíos, actuamos como si fuera una rareza climática, no un síntoma.

Mientras escribo esto, 20 viviendas en la colonia El Bethel ya no tienen drenaje. Sus desechos, su vida cotidiana, se quedan atorados en un sistema que colapsó. El SIAPA estima que los trabajos de reparación durarán de tres a cuatro semanas, pero la pregunta es: ¿reparar qué? ¿Parchar el boquete mientras el resto de la red se sigue desmoronando? Porque el problema no es el socavón en sí, es que ya no es una excepción. Es la regla.

Hay una escena en “El laberinto del fauno”, de Guillermo del Toro, donde la tierra se abre y la niña descubre un mundo subterráneo que nadie más ve. Aquí, en Guadalajara, el mundo subterráneo no es fantasía: es un infierno de tuberías rotas, lodo y concreto colapsado. Y no hay fauno que nos rescate.


  • Daniela Nuño
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